domingo, 6 de marzo de 2011

Blade Runner

Llevo algunas semanas reviendo películas clásicas. He visto desde El nacimiento de una nación (D.W. Griffith, 1915), la prehistoria del cine, hasta Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pasando por El acorazado Potemkin (Sergei Eisenstein, 1925), La diligencia (John Ford, 1939) y algunas más. Muchas de estas películas las vi hace años en mis tiempos de estudiante en el cineclub del colegio. Qué tiempos aquellos en los que las películas se veían en una aula con una pantalla pequeña a finales de los 70, principios de los ochenta. Era la única forma de ver aquellas películas para alguien a quien le gustaba el cine. Curiosamente, hoy en día con un acceso mucho más sencillo a todo a través de internet, la gente no sabe quién es Eisenstein o Murnau. Triste. Blade Runner es una película enigmática inspirada en un libro también enigmático llamado ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Es, sobre todo, una película filosófica que nos invita a reflexionar sobre la capacidad de los hombres a disponer del mundo a su antojo. Los replicantes son unos androides creados para ser más humanos que los humanos y que trabajan como esclavos en el mundo exterior. Después de una revuelta han sido proscritos en la Tierra y los Blade Runners son los policías encargados de su retiro, no ejecución. La pregunta que plantea la película es, ¿hasta qué punto tienen los hombres derecho a destruir a unos seres que piensan, sienten y matan? ¿No son en ese punto ya humanos, aunque artificiales? En el mundo futuro, es indudable que habrá androides que serán iguales que los humanos en aspecto y constitución. ¿Qué haremos con ellos? ¿Serán un electrodoméstico más o serán nuestros mejores amigos y compañeros? ¿Qué haremos con ellos cuando nos pongan delante de nuestras contradicciones humanas? ¿Desconectarlos, apagarlos o "retirarlos"? Roy, el jefe de los replicantes, lo único que busca es prolongar su vida por encima de los cuatro años programados y por eso va a buscar a Tyrell, el dueño de la corporación que fabrica los replicantes y artífice del invento genético.




Y después de haberse peleado con Deckard, le salva la vida ante la inutilidad de la muerte de los demás para salvar la suya.




Pero la película fue un hito en la historia del cine también por la escenografía. Un Los Ángeles futuro oprimente, oscuro y lluvioso en 2019 (¿dónde quedaba entonces el cambio climático?) en el que todavía se podía fumar en las oficinas. En 1982 era posible pensar en coches voladores, pero no en oficinas en las que no se podría fumar. Los coches voladores no han llegado (irían demasiado rápido para Rubalcaba), pero no se puede fumar ni en tu propia casa si tienes una asistenta. Interesante este reportaje sobre Syd Mead, el inventor de ese mundo futuro.