miércoles, 30 de marzo de 2011

Ingenio frente a la adversidad

Parece que el ingenio humano no tiene límites y es capaz de sobreponerse a cualquier adversidad. Hay muchos McGyvers sueltos por el mundo (ver vídeo abajo)

























De niños

Acabo de ver dos vídeos que no me puedo resistir a colgar.

El primero es la conversación entre estos dos bebés gemelos. Parece que se entienden perfectamente y hasta se ríen de sus bromas.




El segundo es este sobre el test del marshmallow o la recompensa diferida en el que se ofrece a niños de cuatro años una segunda golosina si son capaces de aguantar un rato sin comerse la primera. Las caras de los niños son geniales.

domingo, 27 de marzo de 2011

Ejemplaridad pública (I)


Interesante la presentación de Ejemplaridad pública, el penúltimo ensayo de Javier Gomá. No sé si eljoven filósofo encuentra una respuesta plausible a su cuestión palpitante, pero a la vista del estado de la situación, al menos en España, yo no sería muy optimista.

Y la cuestión es ésta: la lucha por la liberación individual reñida por el hombre occidental durante los últimos tres siglos no ha tenido como consecuencia todavía su emancipación moral. Ha sido una dignísima causa esa pelea contra la opresión, la coacción y el despotismo ideológico que gravitaban sobre el yo, porque gracias a ella se ha ensanchado inmensa y dichosamente la esfera de libertad individual.
...
En nuestra época se ha consumado en una alta propoción el ideal de una civilización no represora.
Ahora bien, la ampliación de la esfera de libertad no garantiza el uso cívico de esa libertad ampliada. Abusamos, con sobrado énfasis del lenguaje de la liberación cuando lo que urge es preparar las condiciones culturales y éticas para la emancipación personal. Basta abrir los ojos para contemplar el espectáculo de una liberación masiva de individualidades no emancipadas que ha redundado últimamente en el interesantísimo fenómeno, original de nuestro tiempo, de la vulgaridad. Llamo vulgaridad a la categoría que otorga valor cultural a la libre manifestación de la espontaneidad estético-instintiva del yo. Y su originalidad histórica consiste en conceder a esa exteriorización de la espontaneidad no refinada, directa, elemental, sin mediaciones, de un yo no civilizado, el mismo derecho a existir y ser manifestada públicamente que los más elevados, selectos y codificados productos culturales, y ello, por nacer, unos y otros, de subjetividades que comparten exactamente la misma dignidad.
...
Sin embargo, la vulgaridad ha de ser tomada como punto de partida, no como el puerto de arribada. Respetable por la justicia igualitaria que la hace posible, la vulgaridad puede ser también, desde la perspectiva de la libertad, una forma no cívica de ejercitarla, una forma, en fin, de barbarie. Imposible edificar una cultura sobre las arenas movedizas de la vulgaridad, ningún proyecto ético colectivo es sostenible si está basado en la barbarie de ciudadanos liberados pero no emancipados, personalidades incompletas, no evolucionadas, institivamente autoafirmadas y desinhibidas del deber.
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Durante largos siglos, el menor de edad que se hallaba en fase de formación consentía en adecuar su estilo de vida a los requerimientos sociales compelido por la presión irresistible de un complejo de factores que conspiraban para obrar en un yo indefenso y dócil esa transformación. El principio de autoridad, clave de bóveda de las sociedades desde los tiempos prehistóricos, hacía residir el monopolio de derecho, legitimidad y prestigio en determinados ciudadanos adultos -el padre, el profesional, el maestro, el sacerdote, etcétera- con poder ilimitado para modelar la conducta de la juventud y reprimir su potencial resistencia. Colaboraban también las "buenas costumbres" sociales, consagradas por tradición, que conducían al yo hacia la virtud con gran economía de esfuezo y emancipaban masivamente a la ciudadanía. Creencias colectivas, en especial la religión y el patriotismo, suminsitraban un fundamento ideológico a la socialización consuetudinaria. Por último, la paideia premoderna favorecía en general una idea de hombre que encontraba sentido a su vida y una posición en el mundo formando parte de un todo cósmico y social que le trascendía. Salirse de ese esquema equivalía a desafiar la autoridad, desviarse de las venerables costumbres, cargar con la tacha de ateo y antopatriota, y perderse en una angustiosa tierra de nadie. Con el Romanticismo, el yo súbitamente se descubre como totalidad subjetiva y no se deja asimilar, como antes, a una función social. Entonces cuajó un concepto de subjetividad que se identifica con la extravagancia y que, aunque claramente inadecuado para los fines civilizatorios, se ha generalizado en nuestra época como forma canónica de autoconciencia subjetiva.
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El resultado ha sido que hemos renunciado a los tradicionales vehículos de socialización del yo sin haberlos sustituido por otros nuevos. Cabe plantearse con toda seriedad si, en la opción esencial entre civilización y barbarie que se agita en lo profundo de la conciencia de todo ciudadano, estos limitados presupuestos intramundanos y seculares, sin la ayuda del poder movilizador de las antiguas ideologías serán por sí solos suficientes para hacerle sentir el deber y para inclinar su corazón hacia la civilizada autolimitación de sus deseos. Y la cuestión palpitante asume ahora la siguiente forma interrogativa: ¿Qué puede ofrecer esta civilización para retener, refinar o sublimar las inclinaciones estético-instintivas del yo cuando se ha renunciado a la religión y el patriotismo y a las antiguas creencias colectivas? ¿Qué civiliza al yo, qué lo socializa, qué le hace virtuoso en una soiedad secularizada? ¿Es realmente viable una civilización con pretensiones de permanencia que, tras la muerte de Dios, trata de edificarse exclusivamente sobre la vulgaridad de sus miembros? ¿Qué razones pueden resultar de verdad hoy convincentes al yo para que acepte una cierta dosis de "urbanidad" y haga propias las limitaciones y alienaciones inherentes a una civilizada vida en común renunciando a sus pulsiones antisociales, bárbaras quizá en un sentido, pero suyas, auténticas y espontáneas? En suma, ¿por qué la civilización y no la barbarie?

La guerra de Libia

Todavía no he visto a los Bardem y a Pé manifestándose por las calles de Madrid contra la guerra de Libia. Ni a los miles de borregos que sí salieron cuando la guerra de Irak. Borregos porque tienen que esperar a que los convoque el PSOE o cualquier otro para salir a la calle. Quizás sea que no está el PP en el Gobierno.

El otro día me preguntaba a quién apoyaban los gobiernos occidentales bombardeando a Gadafi. Como me temía, parece que Al Qaeda está ayudando a los rebledes libios, según informa el Telegraph. ¿Y si al final Gadafi fuera nuestro hijo de puta, como dijo Roosevelt de Somoza? Hay una ventaja con esto de la guerra. Una vez destruido el armamento de Gadafi, siempre se le podrán cender más armas a él mismo o a los de Al Qaeda. Mejor que nos maten con armas fabricadas por nosotros. Al menos habrán dado empleo a nuestros compatriotas.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Seis preguntas sobre la Guerra (humanitaria) de Libia

Lo que todos nos preguntamos sobre Libia:

1) ¿Durante cuanto tiempo podrán estar los informativos de Televisión Española y afines eludiendo la palabra guerra? El diccionario de El País contiene siete sinónimos de “guerra” pero la verdad es que, como buenos sinónimos, siguen recordando demasiado a Guerra (de Iraq)

2) ¿Alguien ha visto ultimamente a algún Bardem? Se gratificará.

3) La aprobación por la ONU santifica toda guerra. ¿Hasta que día exactamente ha sido Libia miembro del Comité de Derechos Humanos de la ONU?

4) ¿Qué tiene Libia que no tuviera Iraq? ¿Dictador enloquecido y criminal? OK ¿ Con designios genocidas sobre la propia población? OK ¿Petroleo? OK ¿Abundancia de fotos inoportunas y amistades peligrosas con lideres occidentales? OK Actuación como base terrorista? OK

5) ¿Cómo piensa justificar el gobierno que se ataque a Libia y se apoye a Mohammed VI de Marruecos que ha masacrado a la población saharahui y cuyo régimen es tan corrupto como el Libio?

6) Obama mantiene abiertas las dos guerras de Bush y ha añadido una propia. Le van a quitar el Nobel de la Paz o le van a dar el del año próximo a George W. que es, al menos, una guerra más pacífico que Obama?

Cocinillas y calzonazos


Rompedor Sánchez Dragó en su artículo del lunes. Más de una feminista de pro estará haciendo conjuros contra él. Bibiana tiene que actuar de oficio.

DÍA DEL PADRE según el santoral de El Corte Inglés. Se asombra Boadella, en nuestro libro de conversaciones, de que los maridos de hoy acompañen a sus mujercitas al ginecólogo. ¿Qué pinta allí un maromo que se viste por los pies y carece de sonrisa vertical? No cabe imaginar situación más ridícula y humillante que ésa. Bueno, sí… La de una esposa solícita que vaya con su marido cincuentón al urólogo para que éste le palpe la próstata con los calzoncillos en los calcetines. A él, no a ella, claro, aunque todo se andará. Dicen algunas biólogas que pronto habrá féminas provistas del cromosoma Y en el par 22 y capaces, por lo tanto, de reproducirse entre ellas sin concurso de varón. Sobramos, eso es lo cierto. El mundo de hoy (y el de ayer, en contra de lo que los tamborileros del feminismo sostienen) es un matriarcado. De acuerdo, pero a no ser que nos lleven a rastras -¿doy ideas?- ni Boadella ni yo iremos nunca al ginecólogo. ¡Si no lo hemos hecho cuando estábamos en edad de merecer! Nos dijo al salir el libro una periodista que las mujeres preñadas necesitan apoyo psicológico y que ésa es la razón de que sus santos vayan a la consulta. ¿Apoyo psicológico? ¡Pero si nunca las mujeres son tan felices, pisan tan fuerte y se comen el mundo con más apetito que cuando están encinta! Somos nosotros quienes en tan embarazosa circunstancia necesitamos mimo, sopitas, yinseng y psicoanálisis. Mienten, como cobardicas que son, todos esos calzonazos que sonríen melifluamente y aseguran sentirse realizados (¡bonita cursilada!) cuando sus cónyuges les anuncian, entre dengues y ronroneos, que por fin ha sucedido. La paternidad, que nunca es segura ni obedece a mandato de la biología, sólo con el tiempo deja de producir terror en quien con desgana inicial la ejerce. Soy y he sido, y seré (si se tercia), un buen padre, pero jamás he puesto ni pondré un pañal. Mejor así, porque se me caería el niño al suelo y se escacharraría. Tampoco soy capaz, por parecidas razones, de freír un huevo. Las yemas se me rompen y el aceite me salpica. Las mujeres, sabias siempre, no me dejan andar entre las perolas. Nunca vi a mi padrastro, ni a mi abuelo, ni a mis tíos, franquear el umbral de la cocina. No seas cocinilla, me decían. Y no lo soy, aunque me gusta fregar, barrer y quitar el polvo. Tampoco me dejan. ¿Es eso crueldad mental? No. Es astucia. Quieren tener la sartén por el mango y el control de la escoba. Ya lo tienen. Siempre lo han tenido. ¡Socorro!

martes, 22 de marzo de 2011

Radiactividad

Muy bueno el artículo de Jorge Alcalde en Libertad Digital este fin de semana:

Inmunes a la histeria del miedo radiactivo, fueron muchos los que depositaron todas sus esperanzas en la razón y en la ciencia. Yo también. Al amanecer del domingo los datos fríos y objetivos arrojaban una radiografía fácilmente interpretable por cualquier físico nuclear. Fukushima no era, ni podía ser, Chernobil. La contaminación radiactiva aún estaba lejos de producirse. Pero miles de microsieverts de oportunismo y demagogia habían contaminado ya irremisiblemente el debate. En una y otra dirección. De ese modo, los informes técnicos, las informaciones llegadas desde Tokio, las mediciones de radiación, las imágenes aéreas... dejaron de ser datos para convertirse en argumentos arrojadizos de uno y otro bando. Del pro al anti y del anti al pro. Empezaban a oler a chamusquina.

Sólo así se entiende que en la mañana del lunes nadie acertara con el titular adecuado para dibujar la auténtica imagen de los acontecimientos. Ese día, nos guste o no, lo único que verdaderamente estaba claro era que la ingeniería y la física habían salvado la vida a miles, quizás cientos de miles, de japoneses. Que hasta entonces las centrales nucleares niponas habían respondido con toda la seguridad que la ciencia es capaz de aportar al envite de la naturaleza. El edificio resistía, los reactores se habían detenido, las medidas de evacuación habían sido tomadas con celeridad, la información desde el núcleo del reactor fluía. Si alguna de esas cuatro condiciones hubiera fallado (como ocurrió en Chernobil), miles de ciudadanos de las proximidades del complejo energético habrían estado en graves problemas, añadidos a los que el tsunami ya había provocado. No. Nadie se atrevió a dar el titular oportuno para el momento:

"Miles de japoneses, a salvo gracias a la rápida intervención de los técnicos nucleares".

En tales condiciones, mientras unos trataban de aferrarse a la imagen transparente que los datos arrojaban (yo también), otros decidieron jugar a la lotería del alarmismo. Apostaron por ignorar las evidencias y poner todo su dinero en la casilla Catástrofe. Prefirieron ejercer de brujos capaces de intuir un futuro incompatible con las informaciones que la realidad dibujaba. Utilizaron la bola mágica de cristal templado al miedo en lugar de la tozuda información de los medidores de estrés estructural, los contadores de radiación, los sensores de temperatura, los inyectores de refrigerante. Abandonaron el método científico para jugar a la ruleta del Apocalipsis. Y la ruleta giró y giró, sorteando todas las opciones razonables posibles, hasta que la bola blanca se detuvo en la casilla que nadie (me gusta seguir pensando que nadie) deseaba: ¡Catástrofe!

Los que pedían mesura y rigor habían comprado sus boletos para la esperanza (yo también), boletos adquiridos en la almoneda de la razón. Y se ven obligados a compartir el agitado escenario del casino viendo a algunos exhibiendo ahora (sólo ahora) sus billetes junto a una indecorosa sonrisa de "Ya os lo dije".

Mientras el destino se empeñaba en desbaratar, como una cascada de piezas de dominó, todas las previsiones posibles, los vendedores de miedo subían sus apuestas y recorrían el salón de juegos arrimando a su causa a nuevos acólitos de la religión del "Ya os lo dije": políticos medrosos en eterna precampaña electoral, comentaristas desinformados que absorbían el caos con la avidez del adicto al titular, científicos estrella cegados por la luz del telediario en directo, mandamases del emporio nuclear timoratos y asustadizos paseando a gritos un sentimiento de culpa que los convertía en presas fáciles... Entre esa feligresía, los alarmistas trataban de recoger píldoras de credibilidad con las que reponer sus exiguas existencias, severamente mermadas después de tantas alarmas incumplidas, tantas catástrofes acumuladas que pudieron haber sido y no fueron.

Pero la ciencia seguía estando allí, con sus 50 héroes acorazados tratando de refrigerar los núcleos de los reactores, con sus doctores aprovisionando de yoduro de potasio a la población, con sus ingenieros contabilizando el porcentaje de combustible expuesto. Y quienes no pertenecían a ningún lobby siguieron apostando sus fichas a la cada vez menos políticamente correcta casilla de la prudencia. Yo también.

Una semana después, la tragedia ha cambiado de bando. El tsunami ha dejado de estremecernos y sus víctimas no acongojan nuestros corazones tanto como las últimas mediciones de microsieverts de isótopos volátiles, con sus décimas y sus centésimas fluctuantes. ¿Por qué será que el terremoto de Japón es el que ha despertado la menor ola de solidaridad europea en la historia de las grandes catástrofes naturales? Los lobbies entretanto se remangan para recoger el rédito de su desesperada apuesta. Y el rédito llega a raudales. El nuevo debate nuclear, reabierto desde las cenizas del anterior, ya enarbola su mantra, escondido tras supuestas manifestaciones de apoyo al pueblo japonés que restaña sus heridas tras la desgracia del 11-M (maldita fecha): "¡Hay que cerrar Garoña!".

El número de muertos y desaparecidos a consecuencia del tsunami sube tan rápidamente como bajan los niveles de radiación en las proximidades de Fukushima, pero hay que cerrar Garoña. Medio millón de desplazados por la ola del maremoto buscan refugio en medio de la nevada nipona, pero hay que cerrar Garoña. Los japoneses dan a todo el planeta una lección de pundonor, organización, solidaridad y desarrollo tecnológico mientras se tragan las lágrimas tras la mayor catástrofe natural que recuerdan. Pero hay que cerrar Garoña.

Un mundo sin Garoña es un mundo mejor, más habitable, más verde.

Entre marzo y diciembre de 2011, la Organización Mundial de la Salud prevé la muerte de 11.000 haitianos afectados de cólera. Cerremos Garoña.

Según datos de la reaseguradora alemana Munich Re, en 2010 murieron 295.000 personas en desastres naturales (los terremotos de Haití y Chile y las inundaciones en India y Pakistán, a la cabeza). Hay que cerrar Garoña.

Doscientos muertos en los incendios forestales de Australia. ¡Habrá que cerrar Garoña!

No importa que en el mundo sigan muriendo cientos de miles de personas víctimas de la malaria, y que millones lo hagan por enfermedades víricas intestinales, mientras los grupos ecologistas se niegan a utilizar la manipulación genética para detener el avance de los microorganismos que las producen. Ahora, la prioridad es cerrar Garoña. ¡Qué más da si el aumento especulativo del precio de los cereales y las sequías en el Cuerno de África conducen a la muerte por hambre a poblaciones enteras, mientras los laboratorios de medio mundo temen la reacción pública contra sus semillas transgénicas! Siempre nos quedará Garoña. ¿Que hoy nuestros propios informes nos dicen que el aumento del CO2 es una amenaza inminente para la estabilidad climática del planeta? Pues mañana cerraremos Garoña.

El mantra se adueña de las conciencias y nubla el entendimiento. Hasta el punto de que nadie parece apreciar que la ciencia que hay detrás de las garoñas del mundo es exactamente la misma que permite a los molinos de viento generar energía casi limpia y segura. Que no hay dos legiones de científicos enfrentadas para dominar el mundo. Que no existe el Yin y el Yang de la física, el lado oscuro de la fuerza, el cielo y el infierno de la energía. Aireando impúdicamente sus pancartas frente a la embajada de Japón (bonita manera de respetar a los sufrientes), los grupos ecologistas vociferan contra un supuesto ejército de científicos locos conjurados para matarnos a todos a base chupitos de cesio-137. Pero ignoran que esos científicos atesoran el mismo saber que ha permitido extraer luz eléctrica de los rayos de sol a través de sus idolatradas células fotovoltaicas. Gracias a ellos podremos optar en el futuro a tener molinos de aerogeneración más eficaces y baratos, paneles solares más pequeños y potentes, instalaciones de biomasa más factibles, motores movidos por la fuerza de las olas que no floten en la nube de la ciencia ficción. Y centrales nucleares menos costosas, más pequeñas y aún más seguras.

Que alguien nos intervenga, por favor

Zapatero ha intervenido hoy en el Congreso para solicitar el permiso para hacer algo que nuestras tropas ya están haciendo. Los F-18 "apatrullan" el cielo libio en misión de guerra desde hace dos días sin que Bono (antes morir que matar) haya dado su permiso. Un paripé.

Pero lo curioso ha sido el argumento zapateril para justificar la intervención militar.

"Si un Estado no cumple con la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos, la comunidad internacional debe intervenir para asumirla".

En sentido amplio, el Estado español no cumple con esa responsabilidad. Que alguien nos intervenga, por favor.

500 km

Patxi López dijo la semana pasada a propósito de ETA: "Nos duelen las lecciones que nos dan desde 500 km de distancia". Es lógico. A mí también me duelen las mamarrachadas de los políticos que hablan desde 1000 km de distancia sobre la superficie de la Tierra. Olvida este Patxi que el problema de ETA no es un problema de los vascos, sino de todos los españoles. Son más los asesinados por ETA de otros lugares de España que los del País Vasco, luego el problema es nuestro. Parece que el señor López se quiere apropiar el denominado problema vasco, dándole la razón a los terroristas que ansían ese ámbito vasco de decisión. Es evidente que el resto de los españoles también podemos opinar sobre la ETA y sobre cuál debe ser el fin de ETA, pues a fin de cuentas todos hemos sufrido las consecuencias del terrorismo etarra. Mucho más que los vascos que, acobardados, han dejado que sus calles y plazas las hayan tomado durante muchos años los amigos de los terroristas.

Sí a la guerra

ZP ya se siente estadista al modo Azores. Se engoló, recibió al jefe de la ONU y dijo que había "dispuesto" que las FF.AA. se pusieran en marcha rumbo a Libia. Lejos quedan aquellos días del No a la guerra, el quién ha sido del 12M y demás farfolla propagandística. Es más, España ha entrado verdaderamente en guerra, pues cazas españoles "apatrullan" el cielo libio en misión de combate. Ya tenemos argumento para el quinto episodio de Torrente.

Lo intuíamos, pero ahora lo tenemos perfectamente claro: la guerra es legítima depende de quién sea el presidente de EE.UU. y de qué partido gobierne en España. ¿Habría apoyado ZP una guerra contra Libia si Obamesías no fuera el presidente de EE.UU.? Dudoso. ¿Dónde estaban las masas arengadas por Bardem y compañía? ¿Dónde están los de Animalario? ¿Y qué dice el corazón de Europa? Alemania no apoya la acción armada, Italia está a punto de retirar la autorización para utilizar sus bases.

¿Y el PP? no será capaz de poner al Presidente ante su propia contradicción y aferale que en tiempos de crisis se gaste el escaso dinero que queda en las arcas públicas en acciones militares sinsentido.

Y la última pregunta, ¿quiénes son estos demócratas anti-Gadafi? ¿No estaremos defendiendo a unos tipos aún peores que el sempiterno dictador?

Como dicen en La libertad y la ley, Libia no es Irak:

Libia no es Irak, porque Libia está en el Mediterráneo, frente a las costas italianas, a “escasa” distancia de las francesas, griegas o españolas. Libia no es Irak porque el gas o el petróleo libios no llegan a Europa en barco. Libia no es Irak porque los kurdos son unos parias cuyo levantamiento no tuvo tanto atractivo mediático. Libia no es Irak porque Gadafi no lleva bigote. Libia no es Irak porque Francia ahora sí está de acuerdo en atacar y por eso, y nada más, hay resolución favorable del Consejo de Seguridad de la ONU. Libia no es Irak porque ahora España sí que pretende entrar en acción durante los ataques, más allá de prestar bases y espacio aéreo. Libia no es Irak porque en España gobiernan los del No a la Guerra, y entonces lo hacía Aznar. Libia no es Irak porque ahora no son Israel o Turquía los únicos países de nuestro entorno en peligro de sufrir represalias enemigas ante nuestros ataques…

En lo único que se parecen Libia e Irak es en que en ambos casos una coalición de más de veinte países, mayoritariamente democráticos, apoya la intervención (en estas situaciones, siempre se llaman a sí mismos, Aliados). Libia se parece a Irak en que Alemania habitualmente condiciona su política internacional (y casi todo) a la necesidad electoral de sus gobernantes.

martes, 15 de marzo de 2011

Japón


Este fin de semana lo he trabajado entero y no he tenido tiempo para nada. Por tanto, no estoy muy al tanto de lo que ha pasado en Japón más allá de saber que ha habido un fuerte terremoto, un tremendo tsunami cuyas imágenes impresionan y un accidente o incidente en una central nuclear que tiene en vilo al planeta periodístico, especializado en crear alarmas para que la gente compre periódicos. De las pocas cosas que he visto o leído en estos días ajetreados, saco estas conclusiones:

  1. Sólo diez mil muertos hasta hoy, como consecuencia de uno de los terremotos más fuertes de los que se tiene noticia, da idea del nivel de desarrollo de Japón y del poder de la tecnología.
  2. Los japoneses son un pueblo admirable en su civilización, urbanidad y disciplina. Capaces de aguantar las situaciones más adversas y sobreponerse a ellas. Ni un asalto, ni un altercado.
  3. Las centrales nucleares son seguras, pues si Fukushima ha resistido lo que ha resistido, podemos estar tranquilos.
  4. Los periodistas se están preocupando más por los hipotéticos muertos por la radiación nuclear que por los muertos reales del terremoto. Es decir, los muertos sólo venden periódicos si no hay vivos a los que asustar.
  5. Los gobiernos europeos han sobrerreccionado ante la alarma nuclear, no se sabe muy bien por qué pues no creo que Alemania sea una zona sísmica y no parece probable un tsunami en el Mar del Norte.
  6. De repente España se ha llenado de expertos en centrales nucleares que hablan del primario, del secundario, del núcleo y demás. Y eso que España es un país con escasa tradición nuclear.

domingo, 13 de marzo de 2011

Límite de velocidad

Carmen me pasa esta viñeta. Sin duda es un diseño eficiente de señalización de carreteras.

viernes, 11 de marzo de 2011

Día Internacional de la Mujer (II)

Soy contrario a la discriminación positiva porque creo que todos los ciudadanos deben ser iguales ante la ley y ésta debe velar por dicha igualdad. Esto de la igualdad se ha ido de las manos y no hace más que penalizar a las mujeres que valen. Lo que desde luego es un disparate es ese afán regulador que pretende obligar a las organizaciones privadas a adoptar decisiones en función de un objetivo que el gobierno pretende imponer.

Interesante el artículo de Salvador Sostres en El Mundo de ayer.

El día de

Nada tan estéril, ni tan ridículo, ni tan humillante como los días de. Sirven de coartada para hacer lo que te dé la gana el resto de los días del año, folclorizan, fomentan el gueto, estigmatizan de un modo provinciano, aunque se trate de una celebración universal. Los días de son para gente que ha perdido, como la nostalgia, son las flores que llevamos a los rebeldes que fracasaron. Los días de son una rendición, una claudicación. Daban pena todas aquellas señoras, el otro día, en el palco del Camp Nou, exhibidas como monas de Pascua. Esa complacencia que mostraban acentuaba el patetismo de la estampa.

Los días de implican una renuncia al resto del calendario y significan asumirse uno mismo como una extravagancia. En Cataluña cada vez se venden más libros el día del libro (Sant Jordi) y cada vez los libros más vendidos son más absurdos y el pueblo catalán más zafio y más inculto. Sólo así se comprende que nos hayamos dejado hacer dos tripartitos.

El presidente del Barça, Sandro Rosell, autor intelectual del sarao uterino del sábado, tiene sólo a dos mujeres en su Junta, sobre un total de 20 directivos. Y todavía más: a pesar de que el día de la mujer fue el martes, invitó a las señoras al partido menor del sábado, ante el Zaragoza, en lugar de invitarlas el día exacto, en que se jugó el crucial partido contra el Arsenal, que naturalmente ni él ni sus directivos machos quisieron perderse por semejante patochada.

El feminismo siempre ha confiado en las estrategias peores para lograr sus objetivos. Y en las líderes más inconcebibles, como Bibiana Aído o Lidia Falcón, por citar una de cada registro y de cada época, extemporáneas siempre, grotescas, que nada han conseguido que no haya sido proyectar odio y resentimiento, mucha frustración. Lidia Falcón aún va por el mundo diciendo que es comunista y justificando, entre otras atrocidades, la invasión soviética de Praga. Lo de Bibiana Aído es tan irrisorio que ni merece comentario. Ellas, ellas dos y otras tantas líderes del feminismo, hicieron su buen negocio personal viviendo de la herida.

Pero ni la han resuelto ni han estado cerca de hacerlo, en parte por falta de inteligencia -eso siempre- y también porque han preferido el cinismo de explotar el conflicto que esforzarse por resolverlo. Todas ellas son como un día de, como un folclore, como un traje regional, como una falla.

Mientras tanto, no hay ni que decir que las mujeres inteligentes y capaces se abren paso sin dificultad gracias a su capacidad y a su inteligencia, y no aceptan jamás la humillación de que se les perdone la vida por ser mujeres, entre otras cosas porque no lo necesitan. Con su talento se bastan.

Las que sirven se hacen empresarias, o excelentes profesionales. Las que no sirven, a la queja, la bronca y al sindicato. Exactamente igual que los hombres. Exactamente el mismo proceso, el mismo mecanismo, la misma derrota y por los mismos motivos. Jamás he visto a ninguna mujer inteligente tras una pancarta en una manifestación. Hombres inteligentes tampoco he visto a ninguno. Tienen demasiado trabajo como para perder el tiempo en tonterías. Tienen demasiado trabajo tratando -ellos y ellas sí- de mejorar el mundo.

martes, 8 de marzo de 2011

Día Internacional de la Mujer


Muy acertado el artículo de María Blanco:

...la mayoría de las mujeres sonríen encantadas cuando les felicitan en "su día" y se entretienen recordando lo malo que es la llamada violencia de género, lo maravillosas que somos las mujeres, las diferencias salariales y que no hay mujeres en puestos directivos. Juegos infantiles.

La violencia es mala cuando no es en defensa propia, tanto si el agredido es un hombre como si es una mujer. Y si hay más violencia hacia las mujeres es, entre otras cosas, porque nuestras madres y padres no nos enseñan a defendernos y nuestros gobernantes se aseguran de que no lo hagamos. Si tu pareja te pega, denuncia. ¿A quién? ¿A una justicia que hace años nos da miles de razones para dudar de su eficiencia? No, primero, defiéndete, si sabes y ves la oportunidad. Y eso implica aprender a nivelar la diferencia física entre hombres y mujeres, lo que es posible gracias a la libertad de armas.

No hay mujeres en puestos directivos. ¿Y qué? ¿Hay una confabulación de hombres para que no asciendan las mujeres? ¿Y la solución es crear leyes que obliguen a los hombres a ceder puestos directivos? Los datos dicen que es al revés, las cuotas aseguran que las minorías sigan siéndolo. Los estudiantes afro-americanos que estudiaron en grandes universidades americanas por "cuota" salieron peor preparados porque se era condescendiente con ellos, y engrosaban las filas del paro.

¿Por qué no hay más mujeres empresarias? Porque hay que arriesgar. Pues a lo mejor el problema (si es que es un problema) es que la mujer es más conservadora, dedica su tiempo a cosas diferentes que el hombre y tiene otra escala de valores. ¿Ser jefe es lo más importante? Pues que la que quiera, que arriesgue y monte su empresa. La solución de dar ayudas a mujeres empresarias por el mero hecho de ser mujer perpetúa la diferencia, la cristaliza y deja a la mujer a expensas de que el gobernante (hombre o mujer) le dé la ayuda o no.

domingo, 6 de marzo de 2011

Ejemplaridad pública

Hace tiempo que los políticos dejaron de ser ejemplo de comportamiento recto y consecuente. Estos días, con la guerra civil en Libia, artistas, académicos y otras personas que han tenido relación con el régimen libio en el pasado, han devuelto los honorarios percibidos o directamente han dimitido de sus cargos por haber compartido mesa y mantel con el dictador Gadafi. Así, Beyoncé, Nelly Furtado, Mariah Carey o el director de la London School of Economics han demostrado que tienen una cierta dignidad al verse mezclados con un personaje que es capaz de masacrar a su propio pueblo que protesta en las calles. Un poco tarde, porque Gadafi ha sido uno de los terroristas que más han azotado a los países occidentales.

Sin embargo, ningún político ha entonado ningún mea culpa por haber tenido relaciones diplomáticas con semejante tipejo. Algunos, como Aznar, tan amigo de los americanos, no tuvieron empacho en aceptar un caballo como regalo del sátrapa norteafricano.


Algunos de estos ya no gobiernan, pero a otros se les hincha la boca de democracia, mientras los dirigentes con los que se fotografían ufanos masacran a sus pueblos.








Incluso Obama, rompiendo una larga tradición de presidentes norteamericanos le ha estrechado la mano a Gadafi y con una sonrisa en la boca. Se olvidó de sus compatriotas muertos en el cielo de Lockerbie.

Blade Runner

Llevo algunas semanas reviendo películas clásicas. He visto desde El nacimiento de una nación (D.W. Griffith, 1915), la prehistoria del cine, hasta Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pasando por El acorazado Potemkin (Sergei Eisenstein, 1925), La diligencia (John Ford, 1939) y algunas más. Muchas de estas películas las vi hace años en mis tiempos de estudiante en el cineclub del colegio. Qué tiempos aquellos en los que las películas se veían en una aula con una pantalla pequeña a finales de los 70, principios de los ochenta. Era la única forma de ver aquellas películas para alguien a quien le gustaba el cine. Curiosamente, hoy en día con un acceso mucho más sencillo a todo a través de internet, la gente no sabe quién es Eisenstein o Murnau. Triste. Blade Runner es una película enigmática inspirada en un libro también enigmático llamado ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Es, sobre todo, una película filosófica que nos invita a reflexionar sobre la capacidad de los hombres a disponer del mundo a su antojo. Los replicantes son unos androides creados para ser más humanos que los humanos y que trabajan como esclavos en el mundo exterior. Después de una revuelta han sido proscritos en la Tierra y los Blade Runners son los policías encargados de su retiro, no ejecución. La pregunta que plantea la película es, ¿hasta qué punto tienen los hombres derecho a destruir a unos seres que piensan, sienten y matan? ¿No son en ese punto ya humanos, aunque artificiales? En el mundo futuro, es indudable que habrá androides que serán iguales que los humanos en aspecto y constitución. ¿Qué haremos con ellos? ¿Serán un electrodoméstico más o serán nuestros mejores amigos y compañeros? ¿Qué haremos con ellos cuando nos pongan delante de nuestras contradicciones humanas? ¿Desconectarlos, apagarlos o "retirarlos"? Roy, el jefe de los replicantes, lo único que busca es prolongar su vida por encima de los cuatro años programados y por eso va a buscar a Tyrell, el dueño de la corporación que fabrica los replicantes y artífice del invento genético.




Y después de haberse peleado con Deckard, le salva la vida ante la inutilidad de la muerte de los demás para salvar la suya.




Pero la película fue un hito en la historia del cine también por la escenografía. Un Los Ángeles futuro oprimente, oscuro y lluvioso en 2019 (¿dónde quedaba entonces el cambio climático?) en el que todavía se podía fumar en las oficinas. En 1982 era posible pensar en coches voladores, pero no en oficinas en las que no se podría fumar. Los coches voladores no han llegado (irían demasiado rápido para Rubalcaba), pero no se puede fumar ni en tu propia casa si tienes una asistenta. Interesante este reportaje sobre Syd Mead, el inventor de ese mundo futuro.

sábado, 5 de marzo de 2011

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DINERO. En pocas palabras, para Seaman el dinero era necesario, pero no tan necesario como la gente decía. Se puso a hablar de lo que llamó relativismo económico. En la cárcel de Folsom, dijo, un cigarrillo equivalía a a una vigésima parte de una lata pequeña de mermelada de fresa. En la cárcel de Soledad, por el contrario, un cigarrillo equivalía a la trigésima parte de esa misma lata de mermelada de fresa. En Walla-Walla, sin embargo, un cigarrillo estaba a la par de la lata de mermelada, entre otras razones poque los reclusos de de Walla-Walla vaya uno a saber por qué motivos, tal vez debido a una intoxicación alimentaria, tal vez a una adicción cada vez mayor a la incotina, despreciaban profundamente las cosas dulces y procuraban pasarse todo el día inhalando humo en sus pulmones. El dinero, dijo Seaman, en el fondo era un misterio y él no era, por sus nulos estudios. la persona más adecuada para hablar de ese tema. No obstante tenía dos cosas que decir. La primera era que no estaba de acuero en la forma en que gastaban su dinero los pobres, sobre todo los pobres afroamericnao. Me hierve la sangre cuando veo a un chi¡ulo de putas paseándose por el barrio a bordo de una limousine o de un Lincoln Continental. No lo puedo soportar. Cuando los pobres ganan dinero deberían comportarse con mayor dignindad, dijo. Cuando los pobres ganan mucho dinero, deberían ayudar a sus vecinos. Cuando los pobres ganan mucho dinero, deberían mandar a sus hijos a la universidad y adoptar a uno o más huérfanos. Cuando los pobres ganan dinero, deberían admitir públicamente que han ganado sólo la mitad. Ni a sus hijos deberían contarle lo que en realidad tienen, porque los hijos luego quieren la totalidad de la herencia y no están dispuestos a compartirla con sus hemanos adoptivos. Cuando los pobres ganan dinero deberían guardar fondos secretos para ayudar no sólo a los negros que están pudriéndose en las cárceles de los Estados Unidos, sino para fundar empresas humildes como lavanderías, bares, videoclubs, que generen ganancias que luego se reviertan íntegramente en lsu comunidades.