sábado, 17 de julio de 2010

Fútbol

El domingo pasado España ganó la Copa del Mundo de fútbol, como es de todos conocido. Toda España estaba detrás del televisor y la mitad salió a la calle a celebrar la victoria. Y es que el fútbol es un gran deporte, es el deporte rey, sin duda alguna. El más emocionante, el que mueve a las masas, el que hace que los países o las ciudades se movilicen detrás de sus equipos.

José María Carrascal escribía hace unos días un espléndido artículo en ABC:

¿A qué se debe ese éxito universal del fútbol? De entrada, a su accesibilidad. Basta un balón y un terreno de juego. El balón no hace falta que sea de reglamento. Ni siquiera que sea un balón. La inmensa mayoría de los niños han empezado a jugar con una pelota, que en muchos casos ni siquiera era de goma, sino de trapo: unos calcetines viejos rellenos de restos de las telas más diversas hasta adquirir un perfil más o menos esférico, y a darle patadas para ver de introducirla en la portería contraria. En cuanto al campo, ¿qué podría decirles? Sirve cualquiera. Un prado o una playa, un pedregal o una explanada, el atrio de una iglesia o el patio de un colegio, un descampado o la propia calle, aunque ahora está vedada por los coches, pero fue donde empezamos a jugar todos los niños de mi generación, encargándose a los porteros la tarea de avisar si se acercaba un vehículo. Para marcar las porterías bastaban dos piedras o incluso los libros de texto. Los límites solían señalarlos los naturales del terreno de juego, del árbitro se prescindía la inmensa mayoría de las veces, al ser muy pocos los que se prestaban a tan poco reconocida labor. Y no crean que había más conflictos que los que hay hoy con colegiado, silbato, ayudantes y demás. Si nos hubieran dicho que el fútbol llegaría a jugarse en terrenos cuya hierba se cuida aún más que la de los jardines, no sólo con riego artificial sino también calefacción subterránea, no lo hubiésemos creído, como tantas otras cosas.

Este fragmento me recordó algunas de mis vivencias relacionadas con el fútbol. Es verdad que casi todos los niños han tenido alguna relación con un balón y es parte de sus mejores vivencias de diversión y emoción. Yo recuerdo que nadie quería llevar el balón al colegio, pues la probabilidad de perderlo era muy alta, pues un patadón mandaba el balón fuera del colegio y estaba prohibido salir a buscarlo. Los días sin balón se organizaban precarios partidos en los que se le daban patadas a una bola hecha con los papeles de envolver los bocadillos de los participantes envueltos en una bolsa de plástico y atada con un cordel. Más que un partido era un "balón regateao", una variante en la que hay un portero y los niños pelean por meterle un gol. El premio (?) era quedarse de portero.

En el colegio al que yo iba se jugaban quince partidos simultáneamente. Cada cierto tiempo se producía un choque entre dos jugadores que perseguían su balón sin preocuparse del tráfico circundante. O un balón daba por casualidad a otro balón desviándolo de su trayectoria hacia el interior de la portería. Pero lo peor no eran los quince partidos simultáneos, sino los charcos oceánicos que se formaban en el patio cuando llovía. Sólo los muy valientes (por la bronca de sus madres) o los que llevaban botas de agua osaban jugar al "waterpolo". O esos partidos de liguilla del colegio en los que todos los chavales nos queríamos lucir delante de las niñas de la clase haciendo las pocas o muchas filigranas que sabíamos.

Como dice Carrascal, el fútbol se puede jugar en cualquier lugar. Recuerdo el día que conocí a Daniel, que nos fuimos a su casa y jugamos un partido de fútbol en ¡su dormitorio!. Quedamos empate a 33, creo. Aunque él se acordará con precisión del número. También he jugado con mi hermano en el largo pasillo o en la terraza del séptimo piso de casa de mis padres. Aquí también había muchas posibilidades de perder el balón, pues cuando caía a la calle ninguno nos atrevíamos a bajar a por él. Menos cuando caía encima de un coche que pasaba causando un gran estrépito. A veces, Julián, el malhumorado portero de la finca, lo recogía. Con quien también hemos jugado era con nuestro hermano pequeño. Pero en este caso sólo entrenábamos precisión en el tiro. Cuando el niño tenía entre un año y dos, lo poníamos en medio del pasillo inmóvil y le tirábamos con el balón a ver si lo derribábamos. Lo hacíamos, claro.

La memoria es incapaz de olvidar los momentos vividos en partidos de fútbol especiales. Por ejemplo, el España - Malta del 12 a 1 lo vi con mi amigo Javier en un bar cerca de la puerta del Sol. Terminamos abrazándonos a los parroquianos. O la desgraciada derrota del Mundial 86 contra Bélgica que seguíamos simultáneamente al recuento electoral de aquel año en el que también ganó Felipe. Doble decepción. No sabíamos que nos quedarían 10 años para quitarnos de encima al sinvergüenza sevillano, ahora estadista. y veinticuatro para ganar el Mundial. O la séptima Copa de Europa del Madrid, que vi en el Puerto de Santa María con unos compañeros de trabajo, después de una jornada de trabajo en el astillero de Puerto Real. Memorable gol de Mijatovic ante la Juventus de Zidane. La final del Mundial 82, que vimos en casa de unos amigos de mis padres, con Sandro Pertini, simpático anciano, levantándose a celebrar los goles de Paolo Rossi para los "azzurri". El golazo de Zidane para ganar la novena Copa de Europa del Real Madrid.

Como dice Roberto Fontanarrosa, “Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”

El fútbol es un arte.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Querido hermano mayor, he cursado una demanda por maltrato y lesiones, amparada por el ministerio de igual-dá y el observatorio del menor derribado, por usarme de blanco móvil y juguete humano.

Aunque no lo recuerde, en algún rincón de mi subconsciente está enterrado un terrible sufrimiento que espero que algún juez sepa resarcir (esto, como mínimo son crímenes de lesa fraternidad).

Cómo rabiaba el portero, qué buenos momentos...