lunes, 9 de noviembre de 2009

Hace 20 años que cayó el Muro de Berlín


Muchos atribuyen a Reagan parte del mérito de la caída del Muro hace 20 años. Puede que alguna responsabilidad tenga por la presión económica que signifió la carrera armamentística, la Guerra de las Galaxias y todo aquéllo. Sin embargo, el Muro cayó por la incapacidad de un modelo socioeconómico de producir prosperidad, libertad y, en definitiva, felicidad en esas sociedades. Gorbachov supo ver que el socialismo real no tenía futuro y cedió. Era prolongar una agonía que sólo podía causar más muerte y hambre entre sus compatriotas y, probablemente, su amor por el Partido no pudo tanto como su "humanismo". Todos sus antecesores pusieron por encima del interés de sus ciudadanos, el interés de un partido comunista y de un ideal imposible. Probablemene en tiempos de Gorbachov, además, la corrupción se había instalado entre los miembros de la nomenklatura y agravaba todavía más el juicio de Gorbachov contra el sistema.

Pero 20 años después, todavía tenemos comunistas convencidos, a pesar del rastro de muerte, hambre y destrucción que ha dejado el comunismo en todo el mundo. Este mismo fin de semana, en una coincidencia ideal, el PCE ha elegido a su nuevo secretario general, un tal Centellas, que ha declarado:

"Hablar de comunismo no sólo no está pasado, sino que es presente y futuro. Reivindiquemos el pasado heroico, no hay nada de que avergonzarse", clamó, con este análisis: "Que no nos cambien la historia de Europa, que no confundan a los verdugos, los fascistas, con las víctimas, que fuimos los comunistas"

Son curiosas las reacciones de algunos, como la de Juan Manuel de Prada el sábado en ABC. La tesis del beligerante escritor es que la izquierda, sea ésta lo que sea, se transmutó y dio un paso atrás para coger carrerilla en el dominio de las conciencias y en imponer un nuevo orden moral:

Entonces la izquierda cambió su estrategia: puesto que los hombres sometidos a su tiranía identificaban esa nostalgia perdida con las ventajas que ofrecía el «mundo libre», decidió que el mejor modo de culminar su proyecto de ingeniería social no consistía en imponer dogmas represores de la libertad, sino en exaltar hasta la deificación la libertad humana. La izquierda entendió que el modo más eficaz de lograr la abolición del hombre no era aherrojarlo con cadenas, sino postular una libertad omnímoda que desembridara su conciencia moral, convirtiéndolo en esclavo de sus pulsiones; y entendió también, muy sagazmente, que el mejor medio de cultivo para culminar ese propósito era el orden económico liberal.
Si hasta entonces la izquierda había sido dogmática, a partir de entonces se erigió en defensora de la ausencia de dogmas. El «Haz lo que quieras» se convirtió en su lema risueño; y prometió a sus adeptos que todos sus caprichos y apetencias serían encumbrados a la categoría de sacrosantos derechos. Para completar su metamorfosis, la izquierda escenificó muy socarronamente un «intercambio de cromos» con la derecha: concedió que el orden económico que ésta postulaba era preferible al orden comunista (que, por lo demás ya se había revelado un cachivache enojoso e inservible, tan enojoso e inservible como el murito de Berlín; y, a cambio, impuso un nuevo orden social donde la conciencia desembridada de referentes éticos acabaría chapoteando en los lodazales del relativismo. Así, desde que cayese el murito de Berlín, la izquierda ha podido dedicarse sin obstáculos a diseñar una sociedad a su medida, donde los paradigmas culturales son de inconfundible acuñación izquierdista; y donde a la derecha no le queda otra salida que aceptarlos, si no desea ser tachada de reaccionaria y oscurantista.

Lo que no sé es qué propone de Prada para acabar con ese relativismo moral que efectivamente impera en la sociedad. ¿No será que los que propugnan unos valores y una moralidad más estricta no son capaces de llegar con su mensaje salvador y verdadero a la sociedad?