sábado, 18 de septiembre de 2010

Huerta de Soto


Esta mañana he escuchado una interesante entrevista con Jesús Huerta de Soto, un eminente catedrático de economía de la Universidad Rey Juan Carlos, conocido por ser uno de los pocos economistas de la Escuela Austríaca que hay en España. Estos economistas defienden la libertad del dinero y claman contra la creación artificial de dinero en estos tiempos de rescates bancarios e inyecciones masivas de fondos en el sistema económico mundial.

La entrevista viene a cuento porque dos parlamentarios británicos han propuesto esta semana cambiar el sistema financiero para no generar los ciclos de burbuja y recesión en los que llevamos instalados desde hace siglos. En lugar de atacar los síntomas de los problemas, como los riesgos de los bancos, los colchones de capital o los sueldos de los ejecutivos, proponen ir a la raíz del problema: limitar la capacidad que tienen los bancos actualmente de crear dinero de la nada prestando el dinero de los depositantes a inversores, es decir, pasar a un coeficiente de caja del 100% para los depósitos a la vista.

Huerta de Soto tiene un libro que se llama Dinero, crédito bancario y ciclos económicos y en cuya introducción dice así:

Tal y como explicamos en este libro, la expansión crediticia artificial y la in- flación de medios de pago (fiduciaria) no constituyen un atajo que haga posi- ble el desarrollo económico estable y sostenido, sin necesidad de incurrir en el sacrificio y en la disciplina que supone toda tasa elevada de ahorro voluntario (que, por el contrario, sobre todo en Estados Unidos, durante los últimos años no sólo no ha crecido sino que incluso en ocasiones ha experimentado tasas negativas). Y es que las expansiones artificiales del crédito y del dinero siem- pre son, como mucho, «pan para hoy y hambre para mañana». En efecto, hoy no existe duda alguna sobre el carácter recesivo que, a la larga, siempre tiene el shock monetario: el crédito de nueva creación (no ahorrado previamente por los ciudadanos) pone de entrada a disposición de los empresarios una capaci- dad adquisitiva que éstos gastan en proyectos de inversión desproporciona- damente ambiciosos (durante los últimos años especialmente en el sector de la construcción y las promociones inmobiliarias), es decir, como si el ahorro de los ciudadanos hubiera aumentado, cuando de hecho tal cosa no ha sucedido. Se produce así una descoordinación generalizada en el sistema económico: la burbuja financiera («exuberancia irracional») afecta negativamente a la econo- mía real y tarde o temprano el proceso se revierte en forma de una recesión económica en la que se inicia el doloroso y necesario reajuste que siempre exi- ge la readaptación de toda estructura productiva real que se ha visto distor- sionada por la inflación. Los detonantes concretos que anuncian el paso de la euforia propia de la «borrachera» monetaria a la «resaca» recesiva son múlti- ples y pueden variar de un ciclo a otro. En las circunstancias actuales han ac- tuado como detonantes más visibles la elevación del precio de las materias primas y especialmente del petróleo, la crisis de las denominadas hipotecas subprime en Estados Unidos y finalmente, la crisis de importantes instituciones bancarias al descubrirse en el mercado que el valor de sus activos (préstamos hipotecarios concedidos) era inferior al de sus pasivos. En las actuales circunstancias son muchas las voces interesadas que recla- man ulteriores reducciones en los tipos de interés y nuevas inyecciones mone- tarias que permitan al que quiera culminar sin pérdidas sus inversiones. Sin embargo, esta huida hacia adelante sólo lograría posponer temporalmente los problemas a costa de hacerlos luego mucho más graves. En efecto, la crisis ha llegado porque los beneficios de las empresas de bienes de capital (especial- mente en los sectores de construcción y promociones inmobiliarias) han desaparecido como resultado de los errores empresariales inducidos por el crédito barato, y porque los precios de los bienes de consumo han empezado a comportarse relativamente menos mal que los de los bienes de capital. A partir de este momento se inicia un doloroso e inevitable reajuste que, a los proble- mas de caída de la producción y aumento del desempleo, se está añadiendo todavía un crecimiento en los precios de los bienes de consumo (recesión infla- cionaria o «estanflación»).