martes, 14 de septiembre de 2010

Farenheit 451

Estos días se ha hablado de la boutade propangandística del violento pastor Terry Jones pretendiendo quemar varias copias del Corán en su parroquia de Florida. La idea me parece oprobiosa, por pretender quemar el libro sagrado de una religión con millones de seguidores, la gran mayoría pacíficos fieles de su fe. En general, la quema de un libro, es un hecho reprobable, una negación de la inteligencia. Coincido en esto con César Vidal:

De todo corazón creo que lo que contiene un texto hay que confrontarlo o asentirlo con la mente y el alma, pero nunca debe convertirse en pasto de las llamas. Precisamente por eso cuando este verano supe que el pastor de una pequeña iglesia de Gainsville tenía intención de quemar Coranes para recordar los atentados islámicos del 11-S volví a experimentar un pujo de malestar que no disipó el que mis amigos señalaran que el episodio constituía una extravagancia más.

Pilar Rahola pone el dedo en la llaga de nuestro miedo:

Hablemos en plata. Lo que hay detrás de la reacción internacional contra Jones no es una exaltación de tolerancia religiosa, sino una explosión cósmica de miedo. ¿No? Entonces, ¿por qué no existe la misma preocupación internacional con el acoso contra los cristianos en tierras musulmanas, contra la pena de muerte de algunos países por el solo hecho de llevar una cruz, por la destrucción de iglesias o sinagogas, e incluso por la muerte de religiosos? No nos tomemos el pelo más de lo necesario. Jones y sus delirantes provocaciones son importantes porque tenemos un problema enorme con el mundo islámico, cuya incapacidad para vivir su propia Ilustración y conciliar las libertades del siglo XXI con los dogmas del XIV es cada día más lacerante. Es decir, tenemos un problema porque un cretino quema el Corán y en alguna montaña lejana deciden que pueden aprovecharlo para matar a centenares de personas que pasaban por el primer tren. Ese es nuestro problema, que, ante el islam, estamos muertos de miedo. El resto es literatura. ¿O la era de la cultura y la libertad no se fundamentó en airar a los dioses? Y hasta que el islam sea capaz de reírse de los suyos con la misma libertad con que los venera no entrará en la modernidad. Por ello mismo y desgraciadamente, el problema no es el tonto inútil del tal Jones.

Y, por fin, Arcadi Espada, acierta en señalar la ignominia moral en la que cae Obama cuando a su manera justifica el terrorismo islamista:

Si alguien planeara la quema de Biblias el presidente Obama habría dicho muchas cosas. Pero jamás habría dicho que era un gesto imprudente.

Sigo pensando que la respuesta del presidente americano es mucho más preocupante que las intenciones del pastor. El presidente Obama ha dicho que el pastor pone en peligro muchas vidas de americanos. Hubiese comprendido que semejante barbaridad la hubiese dicho un imán barbudo, pero no el jefe de una nación libre. Obama legitima que la respuesta a la quema de libros sea la quema de hombres. La equiparación es puramente espantosa. Y la materialización del espanto no es en absoluto un ejercicio retórico. Si mañana, y en nombre de Alá y su venganza, alguien destroza una vida americana, el presidente Obama sólo tendría un modo de ser coherente. Decir:

—Es lógico.

Espada termina su artículo enumerando una larga lista de sacrilegios contra la religión cristiana que nunca han provocado la reacción que Obama entiende en los musulmanes:

Antes de ponerme a escribirte me he entretenido en un ejercicio de sacrilegios. Te lo adjunto a continuación. Trata de nuestro mundo. Ninguno de esos sacrilegios ha costado una sola vida. Nadie pronunció la palabra imprudencia. Si se hicieron condenas fue en nombre de la dignidad ofendida y no del miedo. Es lo que tienen las religiones desarmadas. Sal al aire libre y respira hondo.

Aparece el primero de Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautreamont, que mezcla religión, sexo y crimen (1867). Nikos Kazantzakis escribe La última tentación de Cristo (1960) y Scorsese la lleva al cine (1988). Buñuel parodia la Última Cena en Viridiana (1961). Fernando Arrabal le dedica un libro a un joven cagándose «en Dios, la Patria y todo lo demás» (1967). Monty Phyton estrena su sátira religiosa La vida de Bryan (1979). Godard dirige Yo te saludo, María, versión carnal de la concepción de Jesús (1984). Madonna coquetea con un Cristo negro en su vídeo Like a Prayer (1988), y aparece «crucificada» en su gira Confessions on a Dance Floor (2005). Oliviero Toscani retrata para Benetton a un cura y una monja besándose (1991). Sinéad O’Connor rasga ante las cámaras una foto del Papa (1992). Marylin Manson escenifica la quema de una Biblia en su gira Antichrist Superstar (1996). José Saramago escribe El Evangelio según Jesucristo (1998); a su muerte, la edición portuguesa de Playboy lo homenajea colocando a Jesús en un burdel. El fotógrafo José Antonio Montoya publica Sanctorum, una serie de figuras católicas en poses sexuales (2002). Javier Krahe enseña «cómo cocinar un Cristo», Maragall saca una foto a Carod Rovira jugando con una corona de espinas en Jerusalén y Leo Bassi parodia al Papa en su espectáculo La Revelación (2005). El Museo de la Catedral de Viena exhibe Religión, carne y poder, de Alfred Hrdlicka, que incluye una orgía apostólica (2008). La Galería de Arte Moderno de Glasgow, en una exposición a favor de los derechos de los gays, pone una Biblia a disposición del público para que deje en ella sus comentarios (2009). En Rótova, Valencia, un joven se quita la hostia de la boca y la pisotea ante el cura en plena misa de la Divina Aurora (2010).

Eso sí, nadie supera a Buenafuente. No tiene valor de hacer lo mismo con el Corán.