viernes, 5 de diciembre de 2008

Baraja y reparte


Era una tarde lluviosa, pero el frío extremo de los últimos días había pasado y la fina lluvia templaba el ambiente. Patxi entró en la cafetería Uranga, donde se encontraría, como todos los días con unos amigos para jugar su partida de mus. Uranga era propiedad de Koldo, quien había heredado la cafetería de su padre. La típica cafetería de pueblo donde los parroquianos se reúnen a jugar la partida, a comentar las escasas victorias de la Real Sociedad y a hablar del tiempo. Nunca se habla de política en el bar de Koldo, como no se habla de política en ningún lugar público del País Vasco.

- Buenas tardes, Koldo. Cómo así, ¿no ha venido Iñaki todavía?

- No, chico, no sé qué le habrá pasado, con lo puntual que suele ser él. --Repuso Koldo apostado detrás de la barra.

- Ponme mi carajillo, por favor. Y dame un Farias, que hoy no he podido comprar.

Al poco llegaron Kepa y Joseba, los otros dos compañeros de partida.

- Buenas tardes, Koldo. Qué pasa, Patxi, hoy os vamos a dar pa' el pelo a Iñaki y a ti. --Patxi era el compañero de partida de Iñaki y tanto Kepa como Joseba se querían tomar la revancha de las últimas dos tardes en las que habían perdido por mucha diferencia.

- Ponnos lo de siempre, Koldo.

Como en todos estos lugares, los parroquianos, como estos cuatro que se juntaban todas las tardes a jugar la partida de mus, tenían costumbres fijas. La misma hora, el mismo café, el puro, la copita de pacharán, el tapete, la baraja de cartas y dos horas de partida antes de volver a casa a terminar el día. Nada altera la monótona vida del pueblo. Sólo cambian las noticias que salen en la televisión y los invitados a los programas basura. Todo es aparentemente normal, la gente se saluda por la calle, los niños, escasos en estos tiempos, alborotan alegres a la salida de la ikastola, los trabajadores salen de las fábricas. Estos son de los pocos lugares de España en los que todavía hay pequeños talleres de mecanizado en los que se conserva la tradición metalúrgica que hizo famoso al País Vasco a comienzos del siglo XX.

¡Pam, pam, pam! Tres disparos atronaron el pueblo. Los tres parroquianos se miraron sorprendidos, preguntándose quién habrá sido. No se atrevieron a moverse de su mesa. Nada debe alterar la vida del pueblo, ni siquiera unos disparos. Los chicos abertzales habían hecho una de las suyas, sin duda. Ese sonido era inconfundible, tres disparos, tres detonaciones. Ya se rumoreaba que la línea de tren, la famosa Y vasca, de la que se llevaba hablando tantos años, iba a traer alguna dificultad al pueblo, ahora que las obras empezaban cerca. Lo decía el alcalde de ANV, y si lo decía el alcalde, por algo sería. Esos chicos de ANV, como antes los de Batasuna sí que sabían lo que era bueno para el pueblo vasco. Por eso les habían votado por mayoría.

Alguien entró corriendo en el bar diciendo: "¡Ha sido Iñaki!, ¡le han matado!.
- ¡No puede ser, Koldo!, han matado a nuestro amigo Iñaki. ¡Cómo puede ser! Seguro que ha sido por las obras del AVE. Mira que se lo dijimos, no te metas en líos, Iñaki. Tú ya estás mayor para meterte en líos de obras. Y esas obras no nos van a traer nada bueno. Le tenía que haber hecho caso al alcalde Iñaki, que decía que las obras no ayudaban nada a resolver el conflicto vasco Más bien lo agravaban. Pero era terco, muy terco.

Ninguno se movió del bar. Nadie salió a la calle a curiosear. Se quedaron en el bar, apurando sus tazas de café, sentados con los brazos encima del tapete verde, preparados para la partida. Kepa barajaba las cartas distraído mientras comentaban el terrible suceso. Los tres miraron el reloj y comprobaron que con la conmoción el tiempo había pasado rápidamente.

Joseba preguntó: "Josu, ¿quieres jugar la partida? Iñaki no va a venir y se hace tarde." Contenía las lágrimas mientras pensaba que no volvería a jugar contra Iñaki, no se jugarían el carajillo al mus. Contenía las lágrimas para que los demás no pensaran que era un cobarde. Para no delatar su pena por la muerte de un amigo y compañero. Porque la muerte de Iñaki seguro que era debida a alguna causa que alguien justificaba y no se podía mostrar debilidad ante las causas justas del pueblo vasco. Un buen vasco defiende lo primero a su pueblo e Iñaki era un traidor que colaboraba con el Estado Central en la Y vasca. Esa Y vasca que iba a acerca Donosti a Madrid y que haría que vinieran los maketos a importunar la tranquila vida de estos valles recónditos.

Josu se sentó en el lugar que ocupaba Iñaki habitualmente. Kepa repartió las cartas. "Mus", dijo el mano.

1 comentario:

Linguini dijo...

The usual suspects, en version paleto