domingo, 31 de octubre de 2010

Marcelino Camacho


Se ha muerto Marcelino Camacho y parece que se ha muerto un prócer, un personaje de esos que hacen que la Humanidad avance siglos en una generación. No deja de sorprenderme la gigantesca hagiografía en la que se han convertido los periódicos del fin de semana hablando de Camacho. "Padre del sindicalismo moderno", "luchador por la libertad", son los generosos calificativos que periódicos a diestra y siniestra han dedicado al sindicalista muerto. Todavía recuerdo cuando en mi adolescencia aparecía este hombre con su jersey de cuello alto encabezando manifestaciones y huelgas salvajes, aquellas sí y no estas de pitiminí y crucero por el Báltico. Huelgas que hicieron de España un país peor, que prolongaron el intervencionismo del Estado en materia laboral y que impidieron el desarrollo de un verdadero sistema liberal.

Las imágenes del entierro muestran banderas republicanas, hoces y martillos, puños en alto y la Internacional. Hasta el enemigo del pueblo, el Príncipe Felipe fue a rendirle homenaje. Su padre, el Rey, sería al primero al que echarían estos comunistas, si pudieran. Típico comportamiento acomplejado. Y yo me pregunto, ¿cuál habría sido la reacción de la prensa si en el funeral de un personaje de derechas la gente hubiera salido con el brazo en alto, con banderas con el águila de san Juan y hubiera cantado el Cara al sol o algún otro himno falangista?

El que mejor lo dice es Salvador Sostres en El Mundo de ayer.

Marcelino Camacho fue, además de sindicalista, comunista, y presumió siempre de ello en lugar de disculparse por la apología de la ideología más mortífera de todos los tiempos. Es una tara que la apología del comunismo y la pertenencia al Partido Comunista no constituyan delito en España, del mismo modo que está severa y adecuadamente penada la apología del terrorismo y del nazismo, y ya no digamos la pertenencia a banda armada. El comunismo ha sido mucho más asesino que el nazismo y que ETA -que por cierto, también es comunista- y su vigencia en las instituciones y su presencia en la vida pública es un desprecio a la democracia. Si sindicalismo moderno es un oxímoron, mezclar las palabras comunismo y libertad es una burla, en tanto que comunismo es exactamente lo contrario de libertad. Tales provocaciones tendrían que estar fuera de la ley en un país libre y que, además, ha sufrido en sus propias carnes el desastre y la muerte que el comunismo conlleva siempre que más o menos se pone en práctica. Y luego está lo de los débiles, claro. Desde la Segunda Guerra Mundial a esta parte, hemos podido ver con meridiana claridad la pobreza y la hambruna que han conocido las sociedades que han sufrido dictaduras comunistas, y hasta qué punto la riqueza y el bienestar han llegado a casi todos los rincones de las sociedades capitalistas. Lo que ha hecho siempre el comunismo con los más débiles ha sido aprovecharse de su buena fe y de su desesperación para ganar votos -o puños-, y luego hundirles sin piedad en la más absoluta de las miserias con un sistema económico que nunca ha funcionado, que se basa en preceptos contrarios a los intereses de la humanidad, que conduce al totalitarismo y que ha creado la mayor corrupción jamás vista.