viernes, 22 de enero de 2010

Pepiño


El otro día tuve la ocasión de asistir a un desayuno de esos que organizan las empresas o los periódicos para promocionarse entre sus clientes y hacer marketing. El ponente era el ministro de Fomento, D. José Blanco, uno de los pocos ministros que tienen poder de verdad en la España Autonómica. En un previo a la sesión general, tuve la ocasión de coincidir con señalados empresarios y presidentes de empresa, que se afanaban por estrechar la mano del personaje.

Allí se encontraban los presidentes de todas las constructoras, de señaladas líneas aéreas, de operadores aeroportuarios y demás crema del mundo empresarial español, al que yo llamo pomada. Me sorprendió la audacia de un destacado miembro de una saga familiar de constructores, ahora entregados a las energías renovables. Una empresa que re-accionó ante la previsible caída de la construcción y que diversificó su negocio a tiempo para entrar en el enjuague de la exacción al contribuyente vía las ruinosas energías renovables. El citado presidente llegó tarde y no dudó en interrumpir al ministro, que se encontraba en animada charla con un destacado miembro de su partido para saludarle y monopolizar la atención del ministro durante un tiempo. Eso es poder (y descaro).

El ministro no sabe hablar, ni sabrá nunca. Debe ser su condición de gallego de humilde extracción la que le impide decir las pes delante de las tes o la t final como en déficit. No es lo mismo decir déficit que défici. Es lo que tiene España, donde se puede hablar con acento de pueblo y aún así ser aceptado en selectos círculos. O no tener ningún estudio y ser ministro de Fomento. Es la consecuencia de nuestro secular odio a la excelencia y a la intelectualidad.

En su intervención empezó hablando de Haití y recordándonos que hay que luchar contra la pobreza. Espero que no sea Zapatero el que ayude a los países a luchar contra la pobreza, pues los dejará en la verdadera ruina, no sólo económica, sino moral. Nos pretendía convencer el ministro de que las ayudas a los países subdesarrollados son necesarias. Lo cual es cierto, pero no como las damos, que sirven para que se enriquezcan los gobernantes de aquellos países y los empresarios avispados del nuestro. La verdadera ayuda al desarrollo sólo funcionará en países con condiciones legales y políticas suficentemente estables.

Desgranó planes del Ministerio, su empeño en hacer del mismo el centro de la eficiencia, no sólo en el funcionamiento interno, sino también promoviendo las infraestructuras o las mejoras en las empresas públicas que permitan conseguir esa mejora de la eficiencia para España. Sonó a broma cuando dijo que Renfe iba a ser el eje de la transformación del transporte de mercancías en España. Primero tendrán que aprender a no perder los vagones, que no es tan difícil. Luego, siguió con la carga contra los controladores aéreos, a los que parece tener entre ceja y ceja por sus elevados sueldos y que son los grandes culpables de los altos costes de navegación aérea y de gestión aeroportuaria en España. Como dice Carlos Rodríguez Braun, el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio. Comparó los sueldos de los controladores con el mísero sueldo de ministro, de 80 mil euros. Con esos suledos es normal tener a Pepiño de ministro.

Lo que me asustó fue que dijo que cada uno de los logros de Zapatero merecía una legisltura. Nuevos derechos, igualdad para las mujeres, igualdad para los homosexuales, políticas sociales, dependencia, antiterrorismo (anti, ¿qué?), subida de las pensiones, darán para seis o siete legislaturas de Zapatero. No sé si Rajoy será capaz de aguantar el tirón y presentarse a las elecciones con 70 años para intentar ganarle las elecciones al zircunflejo del PSOE.

Eso sí, los comentarios que se oían de esos grandes empresarios a la salida, eran de elogio sin igual, ¡qué bien ha estado el ministro! Así estamos. Con esta clase política y esta clase empresarial, el país tiene un futuro negro.