sábado, 13 de noviembre de 2010

A sangre y fuego (II)

En el último de los relatos de Manuel Chaves Nogales recogidos en este volumen titulado Consejo obrero, se narran las vicisitudes de unos trabajadores que no simpatizan con la revolución que querían imponer socialistas y comunistas. Es significativo del clima sectario que se respiraba en aquellos tiempos en el bando republicano que la memoria selectiva impuesta desde el poder intenta ocultar. Recuerdo que Chaves Nogales era un periodista republicano, antagonista de Franco.

En este pasaje el consejo obrero de una fábrica incautada a un empresario interroga a unos trabajadores sospechosos de colaborar con los rebeldes.

- ¿No tienes nada más que decir, camarada? -le preguntó el presidente en una de aquellas pausas en las que el orador parecía detenerse ante un abismo.
-¡Sí, sí! Tengo que decir mucho más. ¡Es que no me sale!
Lo que Daniel quería decir a toda costa y no sabía era la indignación que a borbotones sentía hervir en su pecho contra aquella inhumana "justicia de la revolución" que querian hacer con él.
- Yo no he sido nunca revolucionario, pero tampoco tenía obligación de serlo. Nadie me puede llamar traidor a la revolución porque nunca me había comprometido a hacerla ni a ayudarla. Yo ganaba mi jornal trabajando honradamente. No era mal compañero. Creo yo. Servía al patrón...
Una sonrisilla delgada de uno de los consejeros le exasperó:
-¡Como le servíais todos vosotros, cochinos!
Estalló una tempestad de protestas.
-¡Todos, todos! -vociferaba Daniel-. ¡Cuando perdíais las huelgas veníais humillados a lamer la mano al patrón para que os diese trabajo!
El presidente cortó el tumulto.
- Procura justificarte sin injuriar a los camaradas si quieres que te escuchen con paciencia.
Daniel bajó el tono.
- Yo servía ál patrón... La fábrica era suya; él mandaba y nosotros obedecíamos. Procuraba estar a buenas con él. Vosotros luchabáis; yo no. Vosotros queríais mandar; yo me había resignado a obedecer. Vosotros queríais ser los dueños de la fábrica; yo no lo he soñado nunca. ¡Ya sois los amos! ¡Ya mandáis! No os pido más sino que me dejéis vivir y trabajar como me dejaba el patrón. discuto la victoria, no os reclamo una parte. Yo no era de lso vuestros, no estaba en vuestro sindicato, pero tengo derecho a la vida y al trabajo. ¡No vais a ser peores que los burgueses!
...
-Yo-terminó Daniel- he estado siempre solo. Solo, en medio de la calle, luchando con el hambre y la miseria, me hice hombre; solo aprendí mi oficio y solo tuve que defenderme contra los patrones que me explotaban. ¡A nadie debo nada! ¿Qué me pedís? ¿De qué me acusáis ahora?

Evidentemente, Daniel es despedido de su trabajo por no revolucionario y termina muerto de hambre, vagando por las calles de Madrid hasta que implora ir al frente para poder comer. Como dice Ana Cañil en el prólogo: "Andrés Trapiello, que ha teorizado la posibilidad de una tercera España en su clásico Las armas y las letras escribe en ese libro que aquélla no fue una guerra civil entre las dos Españas, como erróneamente creyeron muchos durante demasiados años siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado o Unamuno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con la otra, la mayoritaria tercera España, en la que se podían haber integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella a aquellas otras dos, la fascista por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical, por otro, tratando de ensayar a toda costa revoluciones que ya habían salido triunfantes en la Unión Soviética, en Alemania o en Italia."

1 comentario:

Jesus dijo...

Me recuerda "Los perros de la guerra". Ese tercer actor silente. ¿Tendrá voz algún día?