lunes, 15 de febrero de 2010

La América de una planta (II)


Al hilo de la entrada anterior sobre la película Up in the air, he recordado un pasaje del libro La América de una planta que reseñé el otro día. Ilf y Petrov visitan la fábrica de Ford en Dearborn:

"Los hombres trabajan con una rapidez febril en la cadena principal de la fábrica Ford. Nos sorprendió la expresión de esos obreros, sombría y a la vez agitada. El trabajo les absorbía por entero; ni siquiera tenían tiempo de levantar la cabeza. Pero no era sólo un caso de fatiga física. Parecía como si esa gente padeciera una depresión moral, como si sufriera un acceso de locura diario, durante las seis horas que pasaba en la cadena de producción. Por eso, al volver a casa, necesitaba de un largo descanso, de una suerte de restablecimiento, para poder caer en esa locura pasajera al día siguiente.

El trabajo está dividido de tal modo que los obreros no saben hacer nada por sí mismos: no tienen profesión. Los hombres no son los dueños de las máquinas, sino sus esclavos. Por eso no dan muestras de esa dignidad personal propia del obrero cualificado americano. El trabajador de la fábrica Ford recibe un buen sueldo, pero no representa ningún valor técnico. En cualquier momento pueden echarlo y sustituirlo por otro. Y el nuevo empleado aprenderá a montar automóviles en veintidós minutos. Trabajar en la Ford proporciona al obrero unos ingresos regulares, pero no le permite mejorar su cualificación y, por tanto, no asegura su futuro. Eso explica que los norteamericanos se muestren reacios a trabajar para la Ford, a no ser en calidad de capataces y empleados. La mayoría de los obreros de la Ford son mexicanos, polacos, checos, italianos y negros.

La cadena no deja de avanzar, entregando uno tras otro magníficos coches baratos. A través de las anchas puertas salen al mundo exterior, a la gran pradera, a la libertad. La gente que los fabrica sigue encarcelada. Es un cuadro sorprendente que escenifica el triunfo de la técnica y el desamparo del hombre.
...
- Sirs -dijo el señor Adams, presa de una repentina excitación-, ¿saben ustedes por qué los obreros del señor Ford desayunan en el suelo de cemento? Es muy, muy interesante, sirs. Al señor Ford le da igual cómo desayunan sus obreros. Sabe que, en cualquier caso, la cadena les obligará a hacer su trabajo, ya coman en el suelo, se sienten a la mesa o no prueben bocado. Tomemos, por ejemplo, a la General Electric. Sería absurdo pensar que la administración de la GE tiene más aprecio por los obreros que el señor Ford. Hasta es posible que los respete menos. Y sin embargo, ofrece a los suyos cantinas excelentes. Ello se debe a que son obreros cualificados y hay que cuidarlos, porque pueden marcharse a otra fábrica. Un rasgo puramente americano, sirs: no hacer nada superfluo. Tengan la seguridad de que el señor Ford se considera un amigo de los obreros. Pero no se gastará en ellos ni un kopel más de lo necesario."