sábado, 31 de enero de 2009

Bailén


A punto de librar la batalla de Bailén, las tropas del sur, un ejército de aluvión compuesto de campesinos, algunos delincuentes y populacho sin entrenamiento militar discuten sobre la sociedad de la época:

"...Pero ya que me enseña usted lo que ignoro, contésteme a una duda: ¿por qué tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de garabatos, y por qué usamos esos escudos con sapos y culebras? El de mi casa tiene cuatro lagartos y un tablero de ajedrez con dos calderitos muy monos.
- Si esos signos representan algo -repuso Santorcaz-, es referente al primero que los usó, a sus hazañas, si las hizo, a sus privilegios, si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que haya hecho una fortuna con un trabajo o descuelle por su talento, será bienquisto en el mundo, aunque no tenga un adarme de lagartija en su escudo.
- ¿De modo que yo seré un pelagatos si llego a perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto sí que es bueno.
- Nada, nada -dijo uno-. Fuera mayorazgos, y que todos los hermanos varones y hembras entren a heredar por partes iguales.
- Eso no puede ser -observó Marijuán-, porque entonces no habría las grandes casas que dan lustre al reino.

- Eso no puede ser -afirmó un tercero-. Pues qué. ¿el rey iba a ser tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre por la cuenta que le tiene.
- Es que si el rey no quiere quitarlos, no faltará quien los quite -añadió Santorcaz. Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad superior a la voluntad del rey.
- ¿Cómo puede ser eso? Si el rey no quiere... ¿Hay alguien quien esté por encima del rey? El rey manda en otdas partes, y digan lo que quieran, no hay más que su sacra real voluntad. ¡Muchachos, viva Fernando VII!

- Pero vengan acá zopencos -dijo Santorcaz-. ¿Dicen ustedes que nadie manda más que el rey?
- Nadie más.
- Y si todos los españoles dijeran a una voz: " Queremos esto, señor rey; nos da la gana de hacer esto", ¿qué haría el rey?
Abriéronse de nuevo todas las bocas y nadie supe qué contestar.

Y efectivamente, con la invasión francesa y la reacción de todos los pueblos de España, de norte a sur y de este a oeste, la voluntad del pueblo se rebeló contra los manejos del poder monárquico, que culminó en las Cortes de Cádiz de 1812 con la promulgación de la Constitución llamada la Pepa. Pero el tiovivo de la historia hizo que esta reacción liberal durara poco y que en seguida, fiel a su tendencia al pasto, el pueblo español gritara: "¡Vivan las cadenas!"