domingo, 3 de mayo de 2009

El desencanto (I)


Acabo de comenzar la lectura del libro El desencanto de Andrew Anthony, un ensayo en el que este periodista y escritor inglés cuenta cómo, a raíz de los atentados del 11S se da cuenta de la miseria moral de la izquierda en la que ha militado durante tanto tiempo. Los primeros capítulos prometen:

Jameson está orgulloso de su crítica de la posmodernidad, pero ¿puede haber una ilustración más nauseabunda de las prioridades perversas del pensamiento posmoderno? A fin de cuentas, lo que causa el dolor no era el asesinato en masa sino la forma en que los medios lo habían tratado. "En cuanto al futuro, nadie sabe (incluido posiblemente nuestro propio gobierno) en qué consistirá la guerra contra el terrorismo" que nos prometen y con la que nos amenazan. Pero, hasta que lo sepamos no podemos tener una imagen satisfactoria de los "acontecimientos" que nos imaginamos que han tenido lugar en determinado día del mes de septiembre. A pesar de esa incertidumbre, uno puede tener la impresión de que el futuro no augura nada bueno por ninguna de las dos partes."
No podemos describir lo que ha ocurrido, parece decir Jameson, hasta que veamos la respuesta que se le da. Sí, usted puede pensar -o "imaginarse"- que su hija fue estampada contra un rascacielos, pero eso sólo es una interpretación de "acontecimientos" que no se pueden comprobar -o tal vez descartar- hasta que hayamos visto la reacción que esto puede provocar en algún momento desconocido del futuro. Es como decir que no podemos reconocer un delito hasta que se le haya impuesto el castigo. ¡Un momento!, recuerdo que pensé al releer este pasaje para asegurarme de que no lo había interpretado mal, ¿qué es este autoodio hacia nuestro poder de razonamiento? ¿A qué arenas movedizas de la moral nos ha llevado la ofuscación intelectual?
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A quienes tuvieran una senssibilidad progresista les estaba permitido "salir" del gran cementerio de la Zona Cero, considerado como un fastidioso anfiteatro, y descargar la indignación contra el verdadero enemigo: el presidente George W. Bush y su "guerra contra el terror", cuyo primer objetivo era Afganistán. ... Pero, pese a todas las críticas que se le pueden hacer al presidente norteamericano, éstas no alteran el hecho de que Afganistán ocultaba al presunto jefe del atentado, Osama Bin Laden, y que los talibanes se negaban a entregarlo; o que el país albergaba una extensa red de campos de entrenamiento para terroristas. Y por mucho que nos desagradara Bush, a aquellos de nosotros que pensábamos que los derechos humanos universales debían ser efectivamente universales nos inquietaba todavía más el hecho innegable de que el régimen de los talibanes era un régimen sádico que imponía una distopía medieval a sus ya muy maltratados ciudadanos.
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El problema con el enfoque de los pacifistas es que no decían lo que había que hacer con Bin Laden, o ante la posibilidad de nuevos atentados. Nadie sabía exactamente qué querían los asesinos del 11-S, pero en la mente de los apaciguadores no había razón para no dárselo.
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Cuantas más cosas sabía de Bin Laden y de la yihad global, más me percataba de que la impotencia no era su principal característica, sino más bien la ambición totalitaria de su ideología. Los nazis en Alemania, los bolcheviques en Rusia y los maoístas en China empezaron como unos personajes enojosos pero sin poder alguno que buscaban el apoyo entre los marginados y los alienado. En los tres casos, muchos de los que deberían haber previsto lo que pasaría decidieron mirar para otro lado o incluso ponerlos en un pedestal. El resultado fue que los locos se hicieron con el poder y fueron responsables de 100 millones de muertes en el siglo XX. Si los asesinatos en masa, indiscriminados, son la característica del totalitarismo, entonces el 11- S demostraba que, si se les brindaba la oportunidad, Al Qaeda y sus simpatizantes tenían lo que hacía falta para convertirise en una nueva fuerza totalitaria: un desprecio total po la vida humana. Podía resultar divertido y estimulante, al estilo de un estudiante airado, llamar fascista a Bush. Pero, ¿qué palabras dejaba esto para describir a unos fanáticos que odiaban la democracia y que tenían como objetivo dominar el mundo sin importales llevarse por delante a miles de civiles?

Los españoles también tenemos nuestros progres tibios con el terrorismo, y El País, el 12 de septiembre de 2001, con las cenizas del WTC todavía humeantes, titulaba:

El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush