miércoles, 26 de diciembre de 2007

El Niño. Chesterton

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Reproduzco a continuación un corto ensayo de Chesterton llamado El Niño. Me parece que viene a cuento de la reciente aprobación de la ley que prohibe darle un cachete a un niño, convirtiendo a los padres en sospechosos de maltrato por dar un azote a sus hijos. Asimismo, me han venido a la mente las continuas declaraciones de J. A. Marina defendiendo la EpC. Sostiene el insigne profesor que los padres no sabemos educar a nuestros hijos "en valores" y, por eso, el Estado tiene que adoctrinar a nuestros hijos en socialismo. Es la auténtica expropiación de nuestros hijos por parte de los políticos (los ricos de Chesterton). Y una vez expropiados, una vez transmitido el mensaje a los padres de que ellos no son responsables de sus hijos, incluso amedrentados porque sus hijos los puedan denunciar por darles un cachete, desprovistos de toda la autoridad por los mensajes disolventes de la televisión, los padres dimiten de su función y confían la labor en el Estado, que ha prometido su cuidado. Sin embargo, el Estado es un fracaso como educador (en general, como provisor de cualquier tipo de servicio) y, cuando esto se pone de manifiesto, el gobernante intervencionista se da la vuelta y le echa la culpa al padre. Dios nos libre de los filántropos como Marina.

Aunque parezca largo, no ocupa más de dos páginas. Merece la pena.

Hace poco los periódicos informaron acerca de la reunión, de carácter político y filantrópico, celebrada por ciertas damas eminentes en la que discutieron el gran problema moderno de qué hacer con El Niño. No necesito decir que siempre se habla del Niño como si fuera un monstruo de inmenso tamaño, vasta complejidad y extraña y sorprendente novedad. Tampoco necesito recordarle al lector que El Niño no es un niño como el que todos hemos visto. El Niño no es Jack, ni Joan, ni Peter; ni el niño de la prima Ethel, ni uno de los niños del tío William. Es una criatura enteramente única y sui generis, que vive en los suburbios.

Se dijeron muchas cosas, la mayoría sinceras, algunas sensatas y muchas tremendamente cómicas. Creo que el pasaje que más me gusta es uno en el que cierta filántropa dijo que cualquier niño pobre se alegraría al ver a un policía, siempre y cuando fuese vestido de policía, pero que el niño se aterrorizaría si fuera vestido de paisano. Así que, según parece, no sólo todos los policías son siempre amables con todos los pobres, sino que son las únicas personas que tratan a los pobres con amabilidad. No soy El Niño, y por tanto no me crié en los suburbios, aunque algunas cosas si sé acerca de ellos. Sin embargo, en mi opinión, todas las demás consideraciones pasan a segundo plano, si se las compara con una frase que a la mayoría le parecerá tan inocente como simple. No obstante, esa ingenua observación incluye todo el complejo de contradicciones y falsedades que han arruinado la relación entre las clases sociales en nuestra época y destruido la moral común de la comunidad. Una famosa dama política, que sin duda cree que lo que dice representa el idealismo más luminoso y elevado, pronunció en esa ocasión las siguientes palabras. “Debemos cuidar a los niños de los demás como si fueran los nuestros”.

Cuando leí sus palabras, di una palmada en la mesa como quien acaba de ver una avispa y la aplasta con la mano. Me dije: “ ¡Eso es! ¡Ha dado exactamente con la formulación peor y más venenosa de todos los males políticos que corroen las entrañas del mundo. Eso es lo que ha arruinado la democracia; lo que ha eliminado la vida familiar del espíritu de la democracia, lo que ha acabado con la dignidad como el único puntal y pilar de la vida familiar y de la democracia. Lo que ha privado a los pobres del orgullo y el honor del padre de familia, de modo que ya no pueden sentir ningún honor y orgullo por ser ciudadanos; y mucho menos por ser ciudadanos; y mucho menos simples votantes. Ni la casa del inglés es ya su castillo, ni él es el rey del castillo; el charbonnier ya no es maître chez lui; su cabaña ya no es su cabaña; sus niños no son sus niños; y la democracia está muerta. Esa mujer no tiene mala intención. No sabe lo que hace. Ni siquiera comprende lo que dice. No comprende ni una palabra de la frase terrible que acaba de pronunciar. Pero dicha está”. Hela aquí: “Nosotros, los ricos, podemos ocuparnos de los hijos de los pobres como si fueran nuestros. Puesto que hemos eliminado a sus padres, son todos huérfanos.”

De hecho, se trata de un ideal que nos resulta bastante familiar; y ante el que no hay mucho que objetar, salvo que es entera y totalmente inmoral. Quien dice que va a tratar a los hijos de los demás como si fuesen suyos es exactamente igual que quien dice que tratará a las mujeres de los demás como si fueran suyas. Puede que obtenga cierta satisfacción poética o sentimental de los niños, pero también podría obtenerla de las esposas. La cuestión es qué derechos humanos, en caso de que quede alguno, asisten al otro hombre que es legalmente es el responsable de sus hijos y de su mujer. En caso de que los maltrate, justo es poner en movimiento contra él la excepcional maquinaria legal cuya función es evitar esos males excepcionales. Pero, por muy admitido que esté, ningún código o moral común justifica la suposición de que sus hijos te pertenecen tanto a ti como a él. Si hay una acusación contra él, debe demostrarse contra él; pero aquí no se trata de eso. De lo que se trata es de un supuesto profundamente plutocrático, revelado accidentalmente por una frase casual. Los niños pobres nacen bajo el poder y la protección de una clase gobernante, como los pupilos de la Cancillería nacen bajo la protección del lord Canciller; heredan ese estatus, independientemente de que nuestra conciencia nos incline a llamarlo esclavitud o seguridad. Fíjense en que la dama no dijo –aunque sin duda lo diría–: “Cuando oigo que golpean a un niño con un atizador al rojo vivo, el lazo común dela humanidad me hace sentir tan enfadada como si fuera mi propio hijo”. No se refiere a los casos más difíciles o incluso individuales, sino que generaliza desde el primer momento. Da por sentado que se ocupará, que se le permitirá ocuparse, de cualquier niño como si fuese suyo. Y, en la práctica, probablemente tenga razón; ésa es la prueba final y suprema de que en teoría está totalmente equivocada. Nuestra sociedad ha admitido inconscientemente, y sin ofrecer la menor resistencia, esa enorme herejía contra la humanidad. La idea de que el cabeza de familia se aun ciudadano verdaderamente independiente y responsable ha desaparecido de la imaginación de la mayoría de los realistas de nuestro mundo real. Menos sorprendente resulta que a los idealistas jamás se les haya pasado por la cabeza.

El problema es que en nuestra sociedad el ideal está más equivocado que lo real. Los viejos tories solían insistir en la necesidad de enseñarles a los pobres los principios del respeto a la propiedad privada, para que no se rebelaran y despojaran a los ricos. Pero, de hecho, es a los ricos a quienes hay que enseñares la existencia de la propiedad privada, y sobre todo la existencia de la vida privada. No es probable que una muchedumbre andrajosa asalte los jardines de infancia de Mayfair, o les roben los cochecitos de niño a las institutrices francesas, o a los pupilos de las gobernantas alemanas que desfilan por los jardines de Kensington. Pero los filántropos, bajo diversas excusas, saquean los patios de los pobres. Consideran ese saqueo como una reforma, cuando en realidad se trata de una revolución. Los escritores modernos están muy dispuestos a describir grandes sucesos históricos con drásticas denuncias criminales; y a decir que la Gran Guerra fue un asesinato en gran escala o que la Revolución Rusa fue u robo en gran escala. Es decir, que han demostrado un creciente desprecio por la intimidad del ciudadano privado como padre. Lo he llamado una revolución, y en el fondo es verdaderamente una revolución bolchevique. Pues, ¿qué podría ser más pura y perfectamente comunista que decir que consideras a los niños de los demás como si fueran tuyos?

Cierto, igual que a quien trata a los perros de los demás como si fuesen suyos se le llama ladrón de perros, al hombre al que sorprenden cuidando del caballo de otro como si fuera suyo se le llama ladrón de caballos. Pero incluso eso es cierto sólo si los ladrones son demasiado pobres e ignorantes como para alegar la excusa del humanitarismo. Al comunista rico que trata así a un niño no se le llama secuestrador. Lo que demuestra que el comunismo, no sería el gobierno de los pobres, ni siquiera el desgobierno de los pobres, sino tan sólo una extensión del existente desgobierno de los ricos.