domingo, 13 de enero de 2008

American gangster



El viernes vi American gangster, la última película de Ridley Scott. Me pareció que esta película está al mismo nivel de películas míticas del mismo director como Alien o Blade Runner. La historia contiene los típicos elementos del cine negro, como el honrado y desordenado personaje de Russell Crowe, el mafioso despiadado con sus enemigos o la corrupción del cuerpo policial de Nueva York. Sin embargo, bajo la apariencia de la persecución de una banda de mafiosos por parte de la policía, se esconden interesantes reflexiones sobre los personajes y sobre la economía o el funcionamiento del mercado.

Los dos personajes, tienen comportamientos claramente contrapuestos en su vida pública como en la privada. El policía es honrado, celoso cumplidor de su deber y de las normas morales, lo que le impide proteger incluso a sus compañeros que han cometido un delito. Su matrimonio es un desastre y es mujeriego, sin embargo. Por otro lado, Denzel Washington es un criminal despiadado que es capaz de matar a sangre fría para conseguir sus objetivos pero
en su vida privada es un hombre de hábitos fijos, amante de su esposa y en torno a él prospera su familia. Los dos personajes se complementan en el ciudadano ejemplar o en el enemigo público número uno. Es así que, a pesar de la brutalidad del mafioso, el espectador no se decanta claramente en contra de él, sino que se aprecian ciertos valores que quedan reforzados al final cuando colabora con el policía y luego abogado suyo para descubrir la corrupción de los cuerpos policiales y del ejército, que es lo que verdaderamente cusa repugnancia al espectador. No nos repugna que un mafioso asesine, pero sí que la policía y el ejército, aprovechándose del monopolio de la violencia que le ceden los ciudadanos al Estado, trafiquen con drogas o roben.

Además, la película es toda una lección de administración de empresas. Comienza con la queja de un mafioso sobre la desaparición de los intermediarios y la importación de productos electrónicos de Japón, mejores y más baratos que los fabricados en los Estados Unidos. Esta máxima es la que aprovecha Frank Lucas, que así se llama el mafioso para establecer su gran negocio de la droga. Se da cuenta del inmenso poder que tiene un producto de mejor calidad y más barato en el mercado y de esta forma, se va a Vietnam a comprar heroína de máxima pureza que, gracias a una red logística sin los intermediarios habituales, le permite ponerla en el mercado a menor precio que la heroína cortada y adulterada de sus rivales económicos. Consciente de la ventaja de su mercancía, incluso crea una marca que distinga a su droga respecto de la del resto de traficantes de Nueva york. Nada diferente de lo que hacen muchos empresarios en sus respectivos ramos de actividad. Es más, Lucas se enfrenta al establishment, a los mafiosos que, repantingados en sus mansiones están anclados en el pasado de esta industria.

Los dos personajes tienen una ética. El policía la del cumplimiento del deber y Frank Lucas la del empresario audaz, la del innovador. Recuerdo que tenía un profesor de economía en la carrera que nos decía que el mercado de la droga era un mercado como otro cualquiera en el que se intercambian productos a cambio de dinero. Siempre hacía este juego de palabras, ¿la droga es un bien o un mal?

La película es larga, pero no lo parece. El ritmo es bueno y no se pierde el pulso de la historia en ningún momento. Además, aunque con buenas dosis de violencia, no es tanta como cabe esperar en estos tiempos ultraviolentos que vivimos.

Altamente recomendable,