domingo, 27 de abril de 2008

Comunistas, todavía (II)




Hace pocas semanas comentaba un programa sobre el Che en el que aparecían unos cuantos nostálgicos del comunismo. Hace unos días en Nueva York, en Union Square, asistí a un hecho insólito, incluso para Nueva York, donde puede ocurrir cualquier cosa. En esta plaza siempre hay actuaciones musicales o manifestaciones políticas de la gente más variopinta. Ese domingo había un festival a favor del Tibet. Unos dos mil chinos con banderas del Tibet protestaban contra China, mientras una negra animaba la reunión con sus canciones. Hasta aquí, todo normal. Gente manifestándose pacíficamente y negros cantando. Sin embargo, en un momento apareció un hombre con una bandera de la Unión Soviética colgada del cinturón y una pancarta en la que se leía: "Long Live the Chinese Communist Party". El hombre se puso a gritar contra los chinos que se manifestaban pacíficamente y a pitar con un silbato.

Pensé que el hombre gritaba aquello porque nunca había vivido en un régimen comunista. Es más, si tanto le gustaba, por qué no se iba a vivir a China, a Cuba o a cualquier otro "paraíso comunista".

Y recordé otro pasaje de Vida y destino, el cual seguiré citando en el futuro, en el que se habla de la preeminencia del Estado sobre el individuo:

"- Usted intenta buscar en las carencias del sistema soviético una explicación a nuestros reveses, pero el golpe que los alemanes han inflingido a nuestro país ha sido de tal calibre que el Estado, al resistirlo, ha demostrado con creces su fuerza, y no su debilidad. Usted ve la sombra proyectada por un gigante y dice: "Mira qué sombra", pero se olvida del gigante de carne y hueso. en el fondo, nuestro centralismo es un motor social de una potencia incomparable, permite realizar milagros. Y ahora los ha cumplido, y los cumplirá también en el futuro.

- Si no fuera necesario al Estado, se desharía de usted; le tiraría junto con sus planes, creaciones e ideas, pero si su idea concuerda con los intereses del Estado, pondrá a su servicio una alfombra voladora.

- Eso, eso. Yo fui destinado durante un mes a una fábrica de especial relevancia militar. El propio Stalin seguía la puesta en marcha de los talleres, telefoneaba al director. ¡Qué equipamiento! Materia prima, piezas de recambio, todo aparecía como por arte de magia. No hablemos ya de las condiciones de vida. ¡Teníamos bañera y cada mañana te llevaban la crema de leche a casa! Nunca antes había vivido así. Y lo principal: nada de burocracia.

- Probablemente, el burocratismo estatal, como el gigante del cuento, estaba al servicio de los hombres.

- Si se ha podido alcanzar semejante perfección en las fábricas de relevancia militar, es obvio que finalmente se aplicará el mismo sistema en todas las fábricas.

- No. Son dos principios totalmente diferentes. Stalin no construye lo que la gente necesita: construye lo que necesita el Estado. Es el Estado, y no la gente, el que necesita la industria pesada. El canal que una el mar Blanco con el Báltico es inútil para la gente; en un plato de la balanza están las necesidades del Estado; en el otro, las necesidades del individuo. ¡Estos platos no lograrán equilibrarse!