jueves, 26 de abril de 2007

De viaje. Fin


Sentado ya en la mesa de mi despacho en casa y tras un día en Madrid, intento ponerme al día con el trabajo y con este diario. Estos viajes son terribles por la cantidad de trabajo que se acumula. Ahora tengo más de doscientos correos electrónicos sin leer en la oficina y un montón de cosas que requieren de mi atención. Por suerte, hay un largo puente por delante que aprovecharé para ponerme al día con las dos cosas.

Llegué ayer a Madrid de Hong Kong, tras un largo viaje, aunque más corto que el de ida. Para colmo, me perdieron la maleta en París, lo que alargó aún más el viaje entre el tiempo de espera de la maleta y de poner la reclamación. Por suerte ha llegado ya esta mañana.

El último día en Hong Kong fue prácticamente perdido, pues hacía un día muy lluvioso, malísimo para pasear. Nuestros planes se truncaron desde primera hora, pues amaneció con nubes muy bajas que hacían inútil la subida al pico desde el que se domina Hong Kong. A las once empezó a caer una gran tromba de agua, que luego nos dijeron que era alerta roja. Sólo he visto llover así en las sudestadas de Buenos Aires, cuando el río de la Plata crece y desborda las calles del bajo. En el sudeste asiático ya ha empezado la época de lluvias y dentro de poco comenzará el monzón. Por lo visto, hay tres alertas de lluvia en Hong Kong: amarilla, roja y negra. Con la negra la lluvia cae tan fuerte que se cierra el aeropuerto y la gente se tiene que ir a sus casas hasta que escampe, pues puede ser hasta peligroso estar en la calle por las riadas que se forman. Aprovechamos ese rato para visitar otro centro comercial (¿qué si no?), donde queríamos comprar unas cámaras de fotos. Es curioso China, pues se puede regatear hasta en una tienda normal. Si bien en estas tiendas no te rebajan tanto el precio, sino que añaden cosas a lo que compras. Por ejemplo, si compras una cámara, te la venden con una tarjeta de memoria, con una funda, un trípode, etc. Es un buen arreglo en general.

La comida, como casi siempre en China, fue maravillosa. Primero, por el lugar, pues nos invitaron a comer en el China Club. Es este un lugar muy curioso, pues fue fundado por los chinos ricos que querían distinguirse del resto de los chinos en los tiempos de la colonia. Está en el edificio del Bank of China, en el centro de Hong Kong, el primer rascacielos de la ciudad. Ahora está encajonado entre varios edificios de cristal y acero y, aunque no hay vistas panorámicas, sí es bonita la vista del resto de los edificios desde la azotea de éste. Curiosamente, el China club está por encima del English Gentlemen's Club. Tiene un ambiente inglés, pese a todo, y está decorado con cuadros de estilos muy diferentes que representan estampas de la China campesina o retratos de chinos famosos de la época. La comida, aunque con un toque occidental, era exquisita y el ambiente y la compañía envidiable. Es un lugar muy exclusivo, pues hay que ser miembro del club para que te dejen comer allí. Por suerte, nuestros anfitriones eran socios y tuvimos esta oportunidad única.

Es curiosa la vida del expatriado. He de reconocer que me da un poco de envidia y que me gustaría tener esta experiencia. En especial en esa parte del mundo en este momento. Se nota que se está cociendo algo importante que va a cambiar el futuro del mundo y debe ser interesante vivirlo en primera persona. Los expatriados son gente que vive, en general, por encima de lo que viviría en su país de origen, pues las compensaciones por vivir fuera son generosas y permiten lujos excepcionales, como viajes frecuentes a países remotos, comidas en lugares exclusivos, acceso a círculos de élite. Todo eso es atractivo, sin duda. Pero lo es más el conocer culturas y personas diferentes.

Por suerte, dejó de llover y pude pasear por el centro financiero de Hong Kong, coger el ferry a Kowloon y dar un paseo por la zona comercial de Kowloon, hasta que empezó a llover hasta el final del día.

Ya me he enterado de por qué los británicos devolvieron Hong Kong a los chinos. Lo único que era propiedad de Gran Bretaña era la isla de Hong Kong, el resto del territorio, era una concesión de China que expiraba en una fecha fija. Esos territorios en el continente son los que permiten que las islas puedan sobrevivir, con suministro de energía eléctrica, agua potable, etc. Por tanto, no era viable mantener ese territorio insular sin tener el acceso a los medios que el continente proporcionaba, por lo que lo devolvieron a China en el año 1997. Aún así, no se puede circular libremente entre Hong Kong y China. Hace falta pasaporte, se pasa aduana, la moneda es diferente y los coches circulan por la izquierda, como en Gran Bretaña. Es una situación peculiar, aunque la política está completamente dominada por China y eso quiere decir el PCCh.

P.S.: Tengo muchos temas de los que hablar que he ido recogiendo de las lecturas de los periódicos chinos e internacionales en estos días de viaje, que comentaré en los próximos días de puente. Además, sigue el tema del proceso de paz, la OPA y demás asuntos. Grave aburrimiento.
Fotografía del bar del China Club.