sábado, 22 de noviembre de 2008

El cero y el infinito (II)


Otro fragmento de la novela de Koestler en el que revela cómo piensa el Partido.

Se detuvo frente a Ivanov y le preguntó: -¿Te acuerdas de Raskolnikov? Ivanov se sonrió con ironía: -Era de esperar que tarde o temprano llegarías a eso. Crimen y castigo... ¿Pero te has vuelto niño, o has llegado a la senilidad? -Espera un momento, espera un momento -dijo Rubashov, andando agitadamente-. Todo esto es pura conversación, pero me parece que estamos llegando a la meta. Si mal no recuerdo, el problema es éste: si el estudiante Raskolnikov tenía derecho, o no, de matar a la vieja. Es joven y tiene talento; eso equivale a llevar una irredimible promesa de vida en el bolsillo; ella es vieja y completamente inútil para el mundo. Pero la ecuación no cuadra. En primer lugar, las circunstancias lo obligan a asesinar a una segunda persona; ésta es la inesperada e ilógica consecuencia de una acción aparentemente simple y lógica. En segundo lugar, la ecuación no puede mantenerse en ningún caso, porque Raskolnikov descubre que dos por dos no son cuatro cuando las unidades matemáticas son seres humanos. -Realmente -dijo Ivanov- si quieres saber mi opinión, deberían quemarse todos los ejemplares de ese libro. Considera un momento adónde habría llevado esa filosofía nebulosa, ese humanitarismo, si los hubiésemos tomado literalmente, si nos hubiéramos aferrado al precepto de que el individuo es sagrado, y de que no debemos tratar a las vidas humanas según las reglas de la aritmética. Eso hubiera significado que un comandante de batallón no podría sacrificar a un tonto' como Bogrov, aunque al no hacerlo corriésemos el riesgo de que nuestras ciudades costeras fuesen bombardeadas impunemente y hechas polvo dentro de un par de años... Rubashov meneó la cabeza: -Todos tus ejemplos están tomados de la guerra, es decir, de circunstancias anormales. -Desde que se inventó la máquina de vapor -replicó Ivanov- el mundo ha estado permanentemente en estado de anormalidad, y las guerras y las revoluciones son justamente la expresión de ese estado. Tu Raskolnikov es, de cualquier modo, un tonto y un criminal, no porque se condujese lógicamente al matar a la vieja, sino porque lo hizo por un interés personal. El postulado de que el fin justifica los medios es y sigue siendo la única regla de ética política; todo lo demás es pura especulación verbal y se funde entre los dedos... Si Raskolnikov hubiese acabado con la vieja por orden del Partido, por ejemplo, para aumentar el fondo de huelga o para instalar una prensa clandestina, la ecuación se habría podido resolver, y la novela, con su engañoso problema, no se habría escrito nunca, con beneficio para la humanidad.
...
-No me gusta mezclar ideologías -continuó Ivanov-. Hay solamente dos concepciones en la
ética humana, y son dos polos opuestos. Una de ellas es cristiana y humanitaria; declara que el
individuo es sacrosanto, y afirma que las leyes aritméticas no se aplican a las unidades humanas. La otra se basa en el principio de que una necesidad colectiva justifica todos los medios, y no sólo permite, sino que exige que el individuo se subordine y sacrifique a la comunidad, la que puede disponer de él como si fuese un conejo de Indias para fines de experimentación, o un cordero para un sacrificio religioso. La primera concepción podría llamarse moralidad de antivivisección y la segunda, moralidad viviseccionista. Los embaucadores y los diletantes han procurado siempre mezclar los dos conceptos, pero en la práctica esto es imposible. Cualquiera que tenga la responsabilidad del poder, se encuentra a las primeras de cambio con que tiene que escoger, y se ve fatalmente llevado a la segunda alternativa. ¿Acaso conoces, desde que el cristianismo se hizo religión de Estado, un solo ejemplo de un Estado que haya seguido una política cristiana? No me puedes citar ni uno. Cuando la necesidad aprieta, y en política la necesidad aprieta de modo crónico, los gobernantes tienen siempre que declarar “un estado de excepción” que requiere excepcionales medidas de defensa. Y desde que existen, naciones y clases viven en un estado permanente de mutua autodefensa que las obliga a diferir para mejores tiempos las prácticas del humanitarismo...