viernes, 28 de noviembre de 2008

El cero y el infinito (IV)

-La experiencia enseña -dijo Gletkin- que a las masas hay que darles, para todos los procesos complicados, una explicación simple y fácilmente accesible. Según lo que conozco de historia, veo que la especie humana no ha prescindido nunca de la víctima propiciatoria. Creo que fué en todos los tiempos una institución indispensable. Su amigo Ivanov me enseñó que ella era de origen religioso. Si mal no recuerdo, la expresión vino de una costumbre de los hebreos, que una vez al año sacrificaban a su dios un macho cabrío, al que suponían cargado con todos los pecados que ellos habían cometido. -Gletkin hizo una pausa y se arregló los puños-. Hay también ejemplos en la historia de víctimas propiciatorias voluntarias. A la edad en que usted tuvo su primer reloj, el pope de la aldea me enseñaba que Jesucristo se llamaba a sí mismo el cordero de Dios, que se había sacrificado para redimir los pecados de los hombres. Yo nunca he comprendido en qué pudiera ayudar al género humano que alguien declare que se sacrifica por él. Pero desde hace dos mil años parece que la gente lo encuentra muy natural.


Rubashov se quedó mirando a Gletkin. ¿Qué propósito le animaba? ¿Cuál era el objeto de esa conversación? ¿En qué laberinto se había metido el hombre de Neanderthal?

-Como quiera que sea -dijo Rubashov-, estaría más en concordancia con nuestras ideas decir al pueblo la verdad, en lugar de poblar el mundo con saboteadores imaginarios y con demonios.


-Si alguien hubiese dicho a la gente de mi pueblo que ellos continuaban atrasados y torpes a pesar de la Revolución y de las fábricas, no habría logrado efecto alguno sobre ellos. Si se les dice que ellos son héroes del trabajo, que son más eficientes que los americanos, y que todos los males vienen de los saboteadores y de los demonios, por lo menos se consigue algo. La verdad es aquello que es útil a la humanidad, y la mentira lo que es dañoso. En el bosquejo de historia que el Partido ha publicado para las clases nocturnas de adultos, se asegura que durante los primeros siglos la religión significó un efectivo factor de progreso para la humanidad. Que Jesucristo dijo o no la verdad cuando aseguraba que era hijo de Dios y de una virgen, es cosa que no interesa a ninguna persona sensata. Se dice que esto es simbólico, pero los campesinos lo toman al pie de la letra. Nosotros tenemos el mismo derecho a inventar símbolos útiles para que nuestros labriegos los tomen literalmente y les sirvan.