sábado, 29 de noviembre de 2008

El cero y el infinito (V)

Me tienen que perdonar mis lectores por la publicación reiterada en los últimos días de extractos de esta novela, pero me parecen tremendamente ilustrativos de cómo funcionaron los mecanismos de dominación en el Partido Comunista soviético y, por extensión, aunque con menos brutalidad, en la política en general. La supeditación del individuo a unos objetivos colectivos, teóricamente bienintencionados, dieron lugar al más salvaje sistema político y de exterminio que ha existido en la Historia, por encima incluso del nazismo. Estás con nosotros o contra nosotros, no hay medias tintas. Todo está supeditado a lo que el Nº 1 decide en cada momento. Y la siguiente reflexión que me surge es hasta qué punto el Estado moderno, dominado por nuestros voraces políticos y demás traficantes de ilusiones no manipula y extorsiona emocionalmente a la sociedad para conseguir el progreso social según lo que ellos entienden. ¿Y cuál es el nivel de sacrificio que tenemos que aceptar?

Es una lectura sobrecogedora por la forma en la que se desarrolla el interrogatorio en el que, Ivanov (un funcionario blando) primero y Gletkin (el duro que elimina a Ivanov) después, van acorralando a Rubashov y encerrándolo en su conciencia sin otra alternativa que reconocer sus actividades "contrarrevolucionarias". Contrarrevolucionario es todo aquello que Stalin piensa que va contra el nacionalismo soviético, la única forma de sostener la Revolución.

-Usted conoce mis motivos tan bien como yo –dijo-; sabe perfectamente que no actué ni por tener una “mentalidad contrarrevolucionaria”, ni por estar al servicio de una potencia extranjera. Todo lo que pensé y todo lo que hice fué de acuerdo con mis propias convicciones y con mi propia conciencia.

Gletkin había sacado una carpeta del cajón de su mesa, buscó algo en ella, sacó una hoja de papel y la leyó con su voz monótona:
-”Para nosotros la cuestión de la buena fe subjetiva no tiene interés. Aquel que esté equivocado debe pagar, aquel que esté en la razón deberá ser absuelto. Ésa era nuestra ley.” Usted escribió esto en su diario poco después de ser arrestado.
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-“El honor consiste en servir sin vanidad, hasta la última consecuencia.”

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-También puedo contestar a eso con una cita de sus propias obras: Usted escribió: “Es necesario inculcar cada sentencia en las masas a fuerza de repetición y simplificación. Lo que se presenta como verdadero debe brillar como el oro, y lo falso debe ser tan negro como el alquitrán. Para el consumo de las masas, los procesas políticos deben estar pintarrajeados como cartelones de feria.”

...

-Usted sabe lo que aquí se ventila -continuó Gletkin-. Por primera vez en la historia, una revolución no sólo ha conquistado el poder, sino que además lo ha conservado. Hemos convertido a nuestro país en un baluarte de la nueva era, un baluarte que cubre una sexta parte de la tierra y contiene un décimo de la población total del mundo. La voz sonaba ahora detrás de Rubashov; Gletkin se había levantado y paseaba por la habitación. Era la primera vez que esto sucedía, y sus botas crujían a cada paso, esparciéndose un perceptible olor a cuero y a sudor.
-Cuando la Revolución triunfó en nuestro país, creímos que el resto del mundo nos seguiría. En lugar de ello sobrevino una ola de reacción que amenazó barrernos. Dentro del Partido existían dos corrientes. Una de ellas la formaban aventureros que necesitaban arriesgar lo que ya habíamos ganado para promover la revolución en el extranjero. Usted pertenecía a ese grupo. Nosotros nos dimos cuenta de que esa corriente era peligrosa, y la hemos liquidado.
Rubashov necesitaba levantar la cabeza y decir algo, pero estaba demasiado cansado. Los pasos de Gletkin le resonaban en la cabeza. Se dejó caer hacia atrás, y mantuvo cerrados los ojos.

-El jefe del Partido -prosiguió la voz de Gletkin- poseía una perspectiva más amplia y una táctica más tenaz. Se dió cuenta de que todo dependía de poder sobrevivir al período de reacción, conservando intacto el baluarte. Se dió cuenta de que tendrían que pasar diez años, quizá veinte, quizá cincuenta, antes de que el mundo estuviese maduro para una nueva ola revolucionaria. Hasta entonces tenemos que aguantar solos. Hasta entonces no tenemos más que un solo deber: no perecer.

...

-No perecer -resonaba la voz de Gletkin-; hay que defender a toda costa el baluarte, sea cual fuere el sacrificio. El jefe del Partido reconoció este principio con claridad meridiana, y lo aplicó con firmeza. La política de la Internacional tenía que subordinarse a nuestra política nacional; quienquiera que no comprendiese esta necesidad tenía que desaparecer. Hubo que liquidar físicamente a los mejores equipos de funcionarios que teníamos en Europa, y no retrocedimos ante el hecho de tener que aplastar a nuestras propias organizaciones en el extranjero cuando los intereses del baluarte así lo requirieron. No retrocedimos ni ante la idea de cooperar con la policía de los países reaccionarios cuando se trataba de suprimir un movimiento revolucionario que estallaba fuera de ocasión. No cejarnos ni ante la traición a nuestros amigos ni ante la alianza con nuestros enemigos para defender el baluarte. Ésa fué la tarea que la historia nos había asignado a nosotros, a los representantes de la primera revolución victoriosa. Los miopes,, los estetas, los moralistas no lo entendían. Pero el jefe del Partido entendió claramente que todo dependía de una sola cosa: saber aguantar.

“La tarea es sencilla. Usted mismo lo ha dicho: “dorar lo verdadero, ennegrecer lo falso”. La política de la oposición es falsa, la tarea de usted consiste, por consiguiente, en hacer que la oposición aparezca como despreciable, haciendo que las masas entiendan que formar parte de la oposición es un crimen, y que los jefes de la oposición son criminales. Éste es el lenguaje simple que las masas entienden, y si usted empieza a hablar de sus complicados motivos, sólo conseguirá sembrar la confusión entre ellas. Su tarea, ciudadano Rubashov, consiste en evitar que se despierte en su favor ninguna simpatía o piedad. La simpatía y la piedad por la oposición son un peligro para el país.


“Camarada Rubashov, espero que habrá comprendido lo que el Partido espera de usted.”

-Comprendo.

-Observe -continuó Gletkin- que el Partido no le ofrece nada en cambio. Algunos de los acusados han sido convencidos con presión física. Otros, con la promesa de respetarles la vida, o la de los parientes que teníamos como rehenes. A usted, camarada Rubashov, no le proponemos ningún trato, ni le prometemos nada.
-Comprendo -repitió Rubashov.
Gletkin echó una mirada a la carpeta.
-Hay un párrafo de su diario que me impresionó -prosiguió-; aquel en que escribió: “He pensado y actuado como tenía que hacerlo. Si acerté, no tengo nada de que arrepentirme; si cometí errores, pagaré.”
Levantó la vista del expediente y miró con fijeza a Rubashov a la cara:
-Usted cometió errores, camarada Rubashov, y pagará por ellos. El Partido sólo le promete una cosa: después de la victoria, cuando llegue el día en que eso no pueda hacer daño, se publicarán los archivos secretos; y entonces el mundo sabrá lo que había detrás del teatrillo de títeres, como usted lo ha llamado, para que tuviésemos que moverlos con arreglo al manual de historia... -Dudó unos segundos, se arregló, los puños, y terminó algo torpemente, en tanto que la cicatriz se le enrojecía-: Y entonces, a usted y a algunos de sus amigos de la vieja generación, se les otorgará la simpatía y la piedad que hoy se les niega.