sábado, 15 de noviembre de 2008

El expolio (I)


Creo que no me va a costar mucho mantener viva otra serie de entradas sobre el expolio al que somos sometidos los contribuyentes por parte de los políticos (iba a escribir ciudadanos, pero hay muchos de éstos que no son sometidos a ningún expolio porque no pagan impuestos).


Los últimos días han aparecido multitud de noticias sobre cómo los políticos se suben el sueldo, se compran coches de lujo a precios que ni Botín se permitiría, gastan en asesores que muchas veces ni van al lugar de trabajo (como en el chiste, una cosa es ir y otra trabajar) o directamente roban a las arcas del Estado.


Jesús me envía una noticia realmente asombrosa sobre el trinque en Cataluña:


el Departamento de Cultura, presidido por el independentista Tresserras, encargó un estudio titulado Ambientación olorosa de un espacio circular de unos 30 metros cuadrados de superficie abierto en su parte superior. El texto tenía una extensión de cuatro páginas y un coste de 1.392 euros.
En el informe se describe el funcionamiento de un "aparato de ambientación eléctrica", prácticamente igual a los que se pueden adquirir en los supermercados. Incluso se llega a explicar que "el olor sale por las ranuras de la parte superior".

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Durante 2007 el Ejecutivo catalán encargó a personal externo a la Administración un total de 1.583 informes y que supuso un gasto de 31 millones de euros. Entre ellos destacan algunos títulos como Seguimiento del escarabajo de las palmeras, Estudio, factores y manejo del cultivo de la chufa o Diseño de parchís y puzzle de la casita de cartón recortable, entre otros.


Y a través de Linguini, me llega esta entrada del blog de Félix de Azúa. Muy bueno el símil teatral:


Las noticias sobre el aumento del paro mencionan un recorte sobre la totalidad de los campos: agricultores, albañiles, peluqueras, arquitectos, anestesistas, todos sufren la rebaja laboral. Hay dos campos, sin embargo, que se libran, los funcionarios y los políticos. La administración y los políticos componen un gigantesco teatro llamado "El Estado" donde se representan obras dramáticas, las cuales requieren una enormidad de personal. Algunos están en la tramoya o a cargo del aparato técnico (iluministas, ingenieros de sonido, escenaristas), otros en la gestión cívica y comercial (abogados, gerentes), son los que sostienen el sombrajo y tanto si representan "El Franquismo" como "La Democracia" siguen en sus lugares. Porque lo curioso de la pieza, lo que cambia, son los actores. Ellos hacen creíble o increíble la obra y reciben el aplauso o el silbido del público, que es quien paga el montaje.